Dionisio Gutiérrez habla de la firma de la paz y de la trascendencia que tuvo para las muchas personas que sufrieron en una guerra que califica como «absurda».

Prensa Libre. Guatemala, 12 de junio de 1994. Página 8

(Primera parte)

Cuando hablamos de construir la paz, todos sabemos que es más complejo que hablar solo de la negociación que está en manos de unos señores que viven en México desde hace varios años y de otros señores que viven aquí; y que no siempre son los mismos, pues éste ya es el tercer gobierno que está negociando con la UNRG.

La trascendencia de la firma de ese proceso de paz es que le pondría fin a un enfrentamiento armado de 30 años el cual pocos entienden pero del que muchos han sido víctimas.

¿34 años, 175.000 muertos, miles de inválidos, cientos de viudas y huérfanos, cuántas familias destruidas?

Es una guerra absurda que además ha servido de excusa para injusticias y atrocidades.

Video: Dionisio Gutiérrez se reúne con el Rey Felipe VI

La firma de ese papel no va a resolver todos los problemas que hemos venido acumulando desde hace 500 años. Tomará mucho más que eso.

La principal causa, según yo, del permanente estancamiento del proceso de negociación es que queremos resolver el problema total de la paz en uno solo de los conflictos que vive Guatemala y eso le da una beligerancia desproporcionada a los interlocutores que están negociando ese conflicto específico.

Esa no es la única guerra que vive Guatemala, hay otras que ni siquiera han sido declaradas y que incluso están costando más vidas que el mismo enfrentamiento armado.

A pesar de que todos los conflictos nacionales son parte del mismo rompecabezas, y tal vez unos causa o efecto de otros, voy a describir algunas de las otras guerras que también necesitarían un urgente proceso de paz.

Primero, la pobreza extrema en la que viven millones de guatemaltecos que mueren cada año por falta de tratamiento y medicinas. Este es un problema social y económico, no de balas y morteros.

El segundo conflicto es el divorcio entre la ley y el ciudadano; en el que la tendencia desde hace años es que cada día se respeta menos la ley, con lo que se genera más violencia, crímenes, corrupción y cantidades ilimitadas de inseguridad.

Este conflicto llega al extremo en otra área que no hemos dimensionado bien, “el crimen organizado”; esas mafias cada día más poderosas y organizadas que se dedican a los asesinatos, el narcotráfico, el contrabando, el secuestro, la extorsión, el crimen y el tráfico de influencias, operado por personajes en casi todos los sectores de la sociedad y dirigidos por fantasmas desconocidos.

Esto resulta en más de 7000 muertes violentas cada año. Este no es un problema ideológico.

El tercer conflicto está en el corazón de cada familia guatemalteca, en el que cada grupo familiar sufre cada vez más descontrol  de los hijos y la pérdida de valores y principios éticos, morales y familiares. De allí nacen las bandas, las maras y el 40% de jóvenes que entregan su vida al vicio y la perdición.

No debemos olvidar que la familia es la base fundamental de toda sociedad.

Hay también otras guerras no declaradas que vive Guatemala como lo son el conflicto social y racial, entre los mismos mayas, entre mayas y ladinos, entre los mismos ladinos y así entre todos los sectores de la sociedad; y esto es por la mentalidad oligárquica de la mayoría de instituciones políticas y privadas, que nos mantienen en una sociedad dividida y clasista, que no acepta la diversidad.

No hay que olvidar que la solidez y balance de una democracia depende de la diversidad social que exista en cada grupo, institución o sector de la sociedad.

Otro, es el conflicto entre el capital y el trabajo, en el que debemos reconocer que muchos guatemaltecos trabajadores tienen sueldos de hambre. Las razones y excusas son muchas, educación, capacitación, inseguridad para el capital, poca inversión, etcétera.

La realidad del subdesarrollo nos enseña que para salir del subdesarrollo debemos generar más inversión honrada, más oportunidades de trabajo, más educación y capacitación, y una vigilancia y denuncia permanente a todo aquel que abuse y explote a cualquier guatemalteco.

El Estado y los sindicatos mantienen otro conflicto que desgasta tremendamente a todo nuestro país; y esto es por haber perdido la visión de nación y estar luchando sólo por intereses sectarios.

El orfanato más grande Guatemala tiene casi 200 niños, y casi 200 trabajadores organizados en un sindicato; y cualquier que vea el estado de esos niños sufriría un impacto muy desagradable.

En la renovación que toda nuestra sociedad necesita, debemos fortalecer la organización sindical, pero alejada de la política y muy cerca de la lucha por el bienestar de los trabajadores y de la institución para la que trabajen, pues quieran o no, al final los dos correrán la misma suerte.

Otro de los conflictos sociales es la lucha de clases, rico y pobres, situación que divide e impide un proceso de desarrollo más estable y definido; conflicto que podría agravarse, si se maneja demagógicamente.

Otra, es la batalla política dentro del gobierno; los tres poderes del Estado, hasta hace un año estuvieron confrontados por la guerra de mafias para ver quién se quedaba con el botín; tomaron el Congreso, el Organismo Judicial y el Ejecutivo, destruyendo el concepto de nación justa y democrática que todos soñamos.

Después de un año, sigue la confrontación porque una parte de esas mafias todavía no han sido depuradas.

Esto, ha tenido un costo incalculable para toda Guatemala.

Para muchos de estos conflictos no importa cuántas leyes cambiemos o cuántas leyes hagamos, lo que tendrá que cambiar es la actitud de todos los guatemaltecos.

El problema no es de leyes, sino de hombres; y con el apoyo de un sistema jurídico efectivo  que garantice un estado de derecho que tenga como base fundamental la igualdad de todos ante la ley, entonces otro gallo cantará.

Además, necesitaremos un gobierno representativo, conformado por sus tres organismos coordinados, balanceados y trabajando por un objetivo común que debe ser el bienestar y la seguridad de toda la población.

Para esto será indispensable un gobierno con los pantalones muy bien puestos, respetuoso de la ley, y conformado por los mejores hombres y mujeres de nuestra sociedad; firmes creyentes en la decencia intrínseca del hombre corriente, hombres que amen la verdad y la libertad; el honor y la justicia.