Editorial del programa 402 de Razón de Estado
Vivimos horas de muchos frentes. Hay guerra en Europa, donde Rusia se empeña en demostrar que la barbarie todavía manda en este siglo. Hay guerra en Medio Oriente, donde Irán convierte rutas marítimas en instrumentos de chantaje y el petróleo vuelve a ser arma. Hay tensión creciente en el Indo-Pacífico, donde China mide, calcula y aguarda.
La economía mundial crece poco, encarece mucho y reparte mal. El ciudadano común descubre con angustia creciente que ya no basta con trabajar honradamente para vivir con holgura, ni alcanzan los viejos pactos, que durante décadas sostuvieron la promesa de prosperidad compartida.
La inflación adelgaza sueldos, la deuda pública asfixia gobiernos y los bienes y servicios elementales se han vuelto trofeo, y la política, que debería ser el arte de gobernar lo común, se ha convertido en espectáculo, ruido y mediocridad. Vemos populistas que prometen lo imposible, tecnócratas que administran sin alma, autócratas que se disfrazan de demócratas y demócratas que actúan como autócratas cuando creen que nadie los mira.
La conversación pública y la verdad se están quedando huérfanas y mendigan refugio en cualquier rincón decente que aún quede en pie, pero lo más grave es el debilitamiento de los valores que hicieron posible nuestra civilización. La libertad individual, antes celebrada como conquista irrenunciable, se reemplaza hoy en moneda barata que muchos están dispuestos a entregar a cambio de seguridad, comodidad o aplausos.
El Estado de derecho que costó siglos levantar, se erosiona con la misma facilidad con que se firma un decreto, se compra a un juez o se intimida a un periodista, y la dignidad de la persona, fundamento último de toda sociedad libre, queda relegada al rincón de los sermones dominicales mientras gobiernos y poderes hacen y deshacen.
Frente a este paisaje, la tentación de entregarse al pesimismo cómodo o al cinismo elegante que en el fondo son la misma cosa: dimisión disfrazada de lucidez.
La historia nos enseña que las civilizaciones no se salvan por casualidad, ni por inercia, sino por hombres y mujeres que, en horas oscuras, decidieron no resignarse. El mundo necesita hoy una nueva generación de próceres, no políticos profesionales, no oportunistas con discurso, no técnicos sin convicción, sino verdaderos próceres: hombres y mujeres con coraje cívico, lucidez intelectual y vocación de servicio, emprendedores que piensen, humanistas que actúen, ciudadanos que se atrevan.
Una refundación es lo que reclama nuestro tiempo. Refundar un mundo más libre, donde la persona vuelva al centro, donde la ley sea ley para todos, donde el mérito recupere su sitio, donde la libertad no se confunda con egoísmo. Esa es la tarea, esta es la hora, y nadie vendrá de afuera a hacerla por nosotros.