Esta semana cumplimos un mes de haber declarado la emergencia sanitaria e iniciado el encierro y la distancia. El paso de los días acelera el deterioro económico y hace más sensible el impacto social y emocional que imponen la falta de recursos y la soledad.

Estamos en las primeras fases de la crisis. Para América Latina, lo peor está por venir.

En Guatemala tenemos un Presidente que está a la altura de los tiempos; pero encontró un gobierno quebrantado y destruido por sus 3 antecesores, tiene pocos recursos y un Congreso con diputados que juegan con fuego.  Por eso la importancia de cumplir con las medidas de seguridad para evitar un problema más grande del que podemos manejar.

Esta pandemia vino a golpearnos en los puntos frágiles que tenemos: El sistema de salud, la economía, el subdesarrollo político, el Estado de Derecho y la cultura. Debilidades que la crisis obligará a corregir.

Los pueblos del mundo se debaten entre los dilemas que generan los mecanismos del miedo y la capacidad del ser humano para encontrar la serenidad para enfrentar este desafío, con humildad pero con inteligencia, con destreza pero con estrategia.

Esta pandemia es como una guerra, que exige activar y movilizar el liderazgo y los recursos del Estado y la sociedad. Demanda participar y ser parte de la solución con valores cívicos y sentido del deber. Obliga a proteger y a ser agradecidos con los profesionales de la salud que están luchando para salvar vidas y para aliviar el sufrimiento a los enfermos.

No es fácil la encrucijada a la que nos enfrenta la pandemia. En medio del encierro y la distancia social para proteger la salud, debemos preparar el retorno gradual al trabajo con los cuidados suficientes.

La mayoría de habitantes del planeta necesita trabajar cada día para sobrevivir; y a como van las cosas, tocará trabajar en lo que podría ser una economía global en depresión.

Por si eso fuera poco, esta crisis obliga a salvaguardar el orden liberal, republicano y democrático de Occidente; y rechazar las erupciones autoritarias, allá donde las haya.

Los líderes en todos los sectores de la sociedad, en especial gobiernos y empresa, debemos gestionar la crisis al mismo tiempo en que diseñamos las bases del futuro que encontraremos después de la pandemia.

Este es un problema global que necesita soluciones globales, pero la complejidad de la crisis en este momento geopolítico del mundo exige, en cada sociedad, estadistas, valores y liderazgo.

El futuro ya no es lo que pensamos… nada será lo mismo…  Estamos a las puertas de un nuevo orden mundial del que tenemos más dudas y temores que datos y certezas. Pero no es la primera vez que la especie humana se enfrenta a eventos que cambian el curso del destino y la historia de las naciones; o como en este caso, del mundo.

Las persecuciones, las guerras, las pestes, la gran depresión y otros capítulos estelares de los últimos dos milenios marcaron los momentos que definieron lo que hoy somos como especie. Una especie que no ha sido perfecta, y nunca lo será. Pero cada Siglo y cada generación enfrentó su hecatombe y la superó. Y siempre, floreció una civilización más humana, más inteligente, más próspera y civilizada. Todo pasa y todo cambia; pero la vida sigue.

Si la pandemia es un llamado de atención o una corrección a los excesos, los abusos, la indiferencia y los errores de las actuales generaciones, pues qué mejor que encontrar sentido y propósito a esta tragedia y apostar con compromiso por el inicio de una nueva era en la que ratifiquemos los valores que construyeron lo bueno que hicimos hasta hoy y rescatemos los que faltan.

De nosotros depende pasar de la intemperie y la soledad a la compañía y al abrazo de la gente que queremos.

De nosotros depende construir el nuevo mundo que dejaremos a las siguientes generaciones.