Dionisio Gutiérrez habla y expone la realidad de los países de Centroamérica, de los que analiza la diferencia entre Costa Rica y Panamá, en comparación con Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Honduras.

Ignorancia, desinformación, mitos, prejuicios y el sueño de las élites…

Solo hay que dar una vuelta por Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua para confirmar que Centroamérica sigue perdida en su laberinto, y que, si bien, Costa Rica está mejor, la creciente contaminación de los distintos problemas de sus vecinos no le hace nada bien. Y Panamá, sin duda, es la estrella de la región.

Sistemas políticos mediocres, corrupción, escaso crecimiento económico, altos niveles de pobreza, violencia desbordada, falta de certeza jurídica e inestabilidad política son algunos de los rasgos que siguen definiendo nuestra región. No tenemos un Modelo de Desarrollo y nuestra institucionalidad democrática es frágil y corruptible. Las crisis políticas y la inestabilidad en que vivimos alejan la inversión y no permiten que las economías crezcan e integren de manera más rápida a quienes más lo necesitan. Debemos reconocer que las elites le hemos fallado a Centroamérica.

La élite política y los partidos políticos, en su mayoría corruptos, están desprestigiados, disminuidos, débiles y sin rumbo. Su ideología es vacía y oportunista. No tienen propuesta de Estado. Con escasas excepciones, la elite económica está perdida en sus empresas y no ve que su región se desmorona en sus narices. No tiene discurso ni propuesta. Carece de líderes, de imaginación y de sentido político. Proyecta una imagen de ignorancia social, analfabetismo político y egoísmo que le separa del resto de la sociedad.

La academia está encerrada un sus bibliotecas y la sociedad civil, también con escasas excepciones, se presenta tímida, fragmentada y sin dirigentes relevantes.

Así funcionan las sociedades divididas y en conflicto; las mismas que fracasan y heredan tristeza y decadencia por generaciones. Sus dirigentes son incapaces de articular una agenda de

consenso para lograr un Modelo de Desarrollo que incluya a todos. Predominan los intereses, la ideología y las agendas escondidas.

Centroamérica demanda empresarios más comprometidos, activistas con discurso más responsable y jóvenes involucrados en la política.

Más que nunca, Centroamérica necesita un esfuerzo de diálogo respetuoso y constructivo, en el que los dirigentes de todos los sectores aprendamos a escuchar nos e intentemos entendernos.

Y hay que empezar la discusión ventilando temas molestos: los empresarios, ¿explotan o benefician a los pobres? ¿Reducen o aumentan el número de pobres? ¿Propician desigualdad? ¿Cuántos impuestos pagan realmente? ¿La pobreza es causa de los ricos? Quienes critican y descalifican al empresario, ¿cuántas oportunidades de trabajo crean? ¿Cuánto aportan al desarrollo? Todos perdemos en ese inútil ejercicio de hundir nos unos a otros con la descalificación y las etiquetas, al afirmar que, el que habla de pobreza o desigualdad es comunista o el que tiene riqueza es porque no paga impuestos o se la robó; cuando lo que se está hundiendo es nuestra región.

Muchos dirigentes, en lugar de tratar estos problemas con seriedad y responsabilidad, escogen un discurso populista y de confrontación, y con sus propuestas, agravan más la crisis que ofrecen resolver. Y los empresarios, con su débil cintura política, suben el volumen de la desconfianza, se esconden en sus trincheras y el ambiente se llena de un diálogo de sordos.

Centroamérica demanda empresarios más comprometidos, activistas con un discurso más responsable y constructivo, jóvenes involucrados en la vida política de su país; y en especial, necesitamos exponer y denunciar a los charlatanes que viven del conflicto, de la lucha de clases y de la sobrecarga ideológica.

En cada uno de nuestros países, es imperativo que terminemos con la ignorancia, la desconfianza, el resentimiento y el prejuicio, para poder unificar la sociedad en el proyecto de nación que con urgencia necesitamos.