Editorial del programa Razón de Estado número 107

Democracia, República, Justicia, Tribunal Electoral, Congreso, Presidencia; palabras pronunciadas en mayúscula que, con el tiempo, desde que nació nuestra democracia, se han quedado pequeñas y vacías.

Con honrosas pero escasas excepciones, y con el paso de los años, llegamos a permitir y aceptar, con resignación e impotencia, que se colaran a la presidencia de la República, al Congreso, y a otras instituciones de nuestra democracia, los malandrines y los bandoleros de la sociedad. Gentuza sin clase, sin valores y sin escrúpulos que nos tiene al borde de Estado paria y fracasado.

En los momentos críticos de los últimos 35 años, fueron las altas cortes de justicia y el Tribunal Supremo Electoral quienes, en los momentos más graves y aciagos, salvaron el día. Salvaron la poca democracia que hemos construido. Importante pero insuficiente pues el deterioro continuó y nos trajo al presente de riesgo e incertidumbre que hoy vivimos. Un hoy sin garantías, un presente sin futuro.

Para Guatemala, el último eslabón de la esclavizante cadena que simboliza el subdesarrollo político que sufrimos, se cerrará cuando perdamos el poco espacio de democracia que nos queda. Un espacio encarnado en las esferas del sistema de justicia que han respondido a la Constitución y al Estado de derecho.

Los personajes oscuros que dominan el Estado han banalizado la política, contaminado las instituciones y comprometido el desarrollo. Por eso, en Guatemala, no hay condiciones para la inversión, el crecimiento económico o la creación de oportunidades, no hay condiciones para que su gente alcance desarrollo y bienestar. Las causas son el subdesarrollo político al que hemos llegado y las dinámicas perversas que hemos permitido, la indiferencia de las élites, el temor y la asfixia del ciudadano ausente, a quien solo queda tiempo y energía cada día para sobrevivir.

Así nos convertimos en una suerte de sociedad pasiva y cómplice del vaciamiento de la democracia y la muerte lenta de sus instituciones. Una democracia que lleva demasiados años en cuidados intensivos, con mejoras momentáneas, fugaces e insustanciales, por lo tanto, insuficientes.

Un país sin un Estado democrático de derecho, liberal y republicano no es país, no es nación, no tiene presente y menos futuro.

El ejercicio de la representación política y el funcionamiento del sistema institucional para quienes ejercen una posición de autoridad en el Estado, además de un honor, supone una enorme responsabilidad. Por eso, son tan importantes la honradez y la excelencia en nuestros dirigentes, la contención y el decoro, el saber guardar la compostura.

Detrás de los juegos de poder de la gente torpe y malvada que tiene secuestrado el Estado, al lado de una democracia llevada a la ruina por sus élites, en una economía insuficiente, y encima de tantos años de acumular un saldo negativo, por indiferencia y complicidad; nos espera después de la pandemia una cruel y severa realidad social, sanitaria y económica. Esa es la realidad. Cuando los números hablan y se sienten, los adjetivos sobran.

 Asumir nuestro pasado y reconocer con humildad el complejo presente que vivimos nos permitirá, y nos obligará, a construir un futuro responsable y de promesa.

En eso que llaman las fuerzas vivas del país debe privar el principio de responsabilidad para exigir las cuatro reformas que el Estado necesita para renovar las instituciones fundamentales de nuestra democracia.

El desafío que nos espera es de tal magnitud que impone que la política recupere su brillo y su prestigio, demanda que la política no siga en manos de gente que la usa para beneficio personal sin el más mínimo respeto, recato y empatía, con la realidad de una nación a la que se le acaba la paciencia.

Guatemala vive momentos decisivos en los que debe reivindicar el respeto por la democracia, la preeminencia por el Estado de derecho, el funcionamiento correcto y transparente de sus instituciones, la división de poderes y la garantía indiscutible de las libertades ciudadanas.