Editorial del programa 403 de Razón de Estado
Iberoamérica no es lo que hoy padece. Iberoamérica es, sobre todo, lo que aún puede llegar a ser. Ciertos están los dolores, no se pueden negar. Hay élites que se miran al espejo y se aplauden mientras los pueblos se hunden. Hay políticas convertidas en oficio de mediocres; economías que nunca alcanzan para todos; instituciones que crujen al menor viento y una conversación pública envenenada por populistas de toda índole: los de siempre y los recién llegados.
Hay corrupción endémica, crimen organizado que amenaza a estados enteros y una distancia creciente entre quienes deciden y quienes padecen las decisiones. Todo eso es verdad, y desconocerlo sería ofender a quienes nos escuchan. Pero también es verdad que el alma iberoamericana conserva intactas reservas que muchos pueblos de la tierra envidiarían. Tiene una luz interior, un coraje viejo, una alegría tenaz frente a la adversidad, una capacidad de improvisar belleza donde otros solo ven escombros.
Tiene 500 millones de almas que comparten lengua, fe, memoria y un sentido del humor que ha sobrevivido a todas las desgracias. Iberoamérica tiene tierra fértil, energía en abundancia, minerales para la transición que el mundo entero busca. Alimentos para saciar continentes. Talento joven que asombra cuando se le da una oportunidad. Tiene, sobre todo, ganas de salir adelante. Esa cosa intangible que vale más que cualquier estadística.
¿Qué nos falta entonces? Falta lo más difícil y lo más sencillo a la vez: convicción. Falta atreverse, abrazar sin complejos los valores de la libertad. La libertad económica que premia el mérito y castiga el privilegio. La libertad política que respeta al diferente y combate al tirano. La libertad personal que reconoce en cada hombre y cada mujer un fin en sí mismo y nunca un instrumento del Estado.
Falta entender, de una vez por todas, que el ciudadano libre, responsable y emprendedor no es una amenaza para la nación, sino su columna vertebral, su músculo más vivo, su único futuro posible. El mundo se reconfigura, las potencias miden fuerzas, los mercados buscan refugio y América Latina, junto con la península, tienen, si quieren, un papel que jugar. Pero tendrán que dejar de mirarse el ombligo, dejar de pelear las viejas batallas ideológicas que nadie ya entiende.
Tendrán que apostar por la integración inteligente, por las instituciones serias, por el comercio con el mundo entero, por la ciencia, la educación, la cultura del esfuerzo. La sorpresa iberoamericana es posible. No está escrita, no está garantizada. No caerá del cielo. Dependerá de que aparezcan próceres dispuestos a levantarla, ciudadanos decididos a sostenerla, empresarios capaces de financiarla, intelectuales honestos para pensarla. Dependerá, en suma, de nosotros.