Estamos en abril del año 2022. Ya pasaron dos años y cuatro meses desde que la pandemia devastó el planeta, infectó a millones y mató a un número aún no determinado de seres humanos.

La economía del mundo cayó en depresión, la inversión quedó paralizada, el desempleo alcanzó los niveles más altos desde la depresión de 1929 y las consecuencias sociales fueron desoladoras.

Los países desarrollados implementaron gigantescos programas financieros para aliviar la crisis de sus economías y devolvieron a su gente la oportunidad de vivir. Adquirieron una deuda pública monumental que les tomará años pagar. Pero valió la pena.

Los países en vías de desarrollo, o, como nos llaman, “el tercer mundo”, con Estados paupérrimos, en su mayoría mal administrados, en muchos casos contaminados también por la corrupción; deficitarios de recursos humanos y financieros, con sistemas de salud en crisis antes de la crisis, y sin el apoyo suficiente del primer mundo, tuvieron que enfrentar la pandemia, cada país en soledad, con los escasos recursos que tenían disponibles.

Guatemala, uno de los países de América Latina que mejor controló la pandemia desde el inicio, como el resto del mundo, siguió luchando contra el virus durante casi dos años hasta que la ciencia encontró las medicinas que aliviaron los síntomas y minimizaron los riesgos de la enfermedad. La vacuna se seguirá produciendo hasta diciembre de 2022 y parte del 23, pues una parte importante del planeta la sigue esperando.

En aquellos días de 2020, a mediados de abril, y después de un mes de vivir en una cuarentena con toque de queda, pero con las calles y mercados llenos de gente, pues tenían que sobrevivir; como en muchos pueblos del mundo, especialmente aquellos que estaban siendo devastados por la pandemia; en nuestra tierra también se miraba a la gente corriendo, escondiéndose, con miedo, desconfianza y a veces agresividad. Virus contagiosos estos también, que por momentos hacían más daño que la misma pandemia.

Eran algunas de las consecuencias de enfrentar a un enemigo que atacó a traición y para el que no estábamos preparados. Un enemigo invisible del que sabíamos poco y el que en los primeros meses de 2020 apenas enseñaba su capacidad destructiva. Afectó la salud, devastó la economía, aumentó la pobreza y cambio nuestra manera de vivir.

En aquel enero de 2020, las naciones del mundo, sin darnos cuenta; pues luchábamos por sobrevivir, fuimos testigos invidentes del inicio de una nueva era para la especie humana. Un nuevo orden mundial que sigue en construcción.

Han sido años difíciles, dolorosos y de enormes desafíos, pero en estos días de 2022, cuando vemos para atrás, damos cuenta de que los guatemaltecos supimos enfrentar la crisis con valentía, responsabilidad y solidaridad. Fuimos una nación que supo estar a la altura de los tiempos, con un gobierno que se distinguió por ser gobierno; y hoy, podemos decir que las cicatrices y las lecciones aprendidas nos hacen una mejor sociedad.

Descubrimos que la medicina natural, alternativa y preventiva son una gran opción para cuidar la salud; y nos permiten defendernos mejor de las farmacéuticas.

Unidos a las demás naciones Centroamericanas, finalmente, logramos el acuerdo para construir la integración económica de Centroamérica; y hoy, somos una región unificada. Somos una sola economía. Somos la nación centroamericana.

La inversión está creciendo de forma exponencial y estamos viendo la mayor creación de oportunidades y puestos de trabajo de los últimos 40 años. Y por fin, se aprobaron las reformas del Estado, liberales, republicanas y democráticas, que serán la garantía para enfrentar el futuro que nos llegó antes de tiempo.

Cayeron las 3 dictaduras que quedaban en América Latina pues la pandemia terminó de exponer la decadencia económica, social y moral que provocan la ausencia de democracia, justicia y libertad.

Los políticos centroamericanos que participaron en los gobiernos y congresos que fueron responsables de destruir la moral pública, corromper las finanzas nacionales y desfigurar el Estado durante años, fueron llevados a la justicia, procesados y condenados por incompetencia criminal y actos de corrupción. Y quedaron marcados para siempre como los responsables de las consecuencias de la pandemia.

Guatemala dio ejemplo al mundo; aprendió a vivir con un virus del que no se dejó intimidar, venció el miedo, recuperó la confianza, sacó a flote la economía que tenía antes de la crisis, y supo aliviar los dolores sociales del momento; y hoy, en la integración económica con Centroamérica, avanza en un modelo de desarrollo que, en libertad y democracia, tiene como objetivo principal crear las condiciones y oportunidades para promover la iniciativa y la creatividad del ser humano, fortalecer la libertad individual y vencer la pobreza en nuestra región.

No sé cuál será la historia que contemos en abril de 2022, pero sería bueno que pensemos en la historia que queremos contar.

De regreso a abril de 2020; que no quede duda; las generaciones de hoy, enfrentamos el gran desafío de los últimos 100 años. La historia nos cobrará un alto precio si fallamos. La historia nos pondrá en un pedestal si sabemos responder.