Son muchas las lecciones, las penas y los dolores que la pandemia está dejando. 4 meses para el mundo, 6 semanas para América Latina, peleando una guerra en la que todavía estamos descifrando al adversario.

Tenemos más preguntas que respuestas y más dudas que certezas; pero sí sabemos algunas cosas:

  • Sabemos que los países que han enfrentado con más precaución al enemigo están mejor preparados para las batallas que, sin duda, vendrán. Corea del Sur, Israel, Alemania y Suecia son ejemplo en sus geografías; y Guatemala, Chile y Uruguay sobresalen en esta parte del mundo.
  • Sabemos que, en esta primera etapa, el encierro y la cuarentena han sido indispensables para evitar el contagio exponencial y prevenir el colapso en los hospitales. Sabemos también que personas mayores o con precondiciones son más vulnerables.
  • Sabemos que están probando medicinas que podrían aliviar los síntomas y bajar el riesgo de muerte. Por el momento, aunque sean pocos, sobresale el plasma de los recuperados y la forma en que sus anticuerpos benefician a enfermos delicados.
  • Sabemos que anuncian una vacuna para dentro de un año y medio. Y si logran diseñarla en ese tiempo, habrá que ver cuánto tomará que esté disponible para todo el planeta.
  • Estamos en las primeras semanas de esta guerra que compromete y amenaza, por lo menos, todo el 2020; y hoy sabemos que el encierro y la cuarentena pueden hundir la economía del mundo en una depresión que provocaría niveles de hambre y violencia que podrían cobrar más vidas que la misma pandemia; como la historia nos enseña.
  • Los científicos pronostican una segunda y una tercera ola de contagio, de las que sabemos poco, pero, para las que tendremos que aprender a protegernos.
  • Hoy sabemos que el mundo no estaba preparado para una pandemia, y que, además de ser una amenaza para la salud, su impacto en la economía vulnera y amenaza también, de forma dramática, la vida de las personas.

Y este es el dilema. No se puede escoger entre salvar vidas o puestos de trabajo; o dar prioridad a la economía a expensas de la salud. Quien así lo plantee se equivoca. Por eso, tener datos y reconocer ciertas realidades que enfrentamos, facilita tomar decisiones.

¿Cuáles son esas realidades?

Científicos de 3 continentes coinciden en que el virus será una amenaza para la especie humana hasta que más del 60% de la población se haya contagiado y curado; y por eso, logrado una supuesta inmunidad. O que la vacuna haya resuelto la pandemia.

El problema es el tiempo. Cualquier camino nos impone dos años de espera. Dos años de guerra.

¿Son opción el encierro y la cuarentena hasta que salga la vacuna? No. El desempleo, la falta de ingresos y la pobreza tendrían peores consecuencias que la pandemia.

¿Tendremos que encontrar la manera de evitar los contagios hasta que se encuentre una solución permanente? Si.

¿Cuál es esa manera? Mascarillas, distancia, higiene y mucha responsabilidad y disciplina en el trabajo y en la vida social.

¿Cómo y cuándo reabrir la economía y regresar al trabajo? Cuidando la salud y la vida, por partes, con estrategia y lo antes posible.

La clave está en el testeo y el rastreo. Identificar contagiados y encontrar a quienes tuvieron contacto con él, o con ella. Y por supuesto, cuidar a nuestros ancianos y paisanos vulnerables es esencial hasta que tengamos la vacuna.

¿Tenemos otra alternativa? Parece que no. Todos los países van por ese camino.

La economía es una ciencia tan humana y vulnerable como la salud, y dependen más una de la otra de lo que pensamos. Si cualquiera de las dos fracasa, el ser humano está en peligro.

La mentira y el miedo pueden matar tantos seres humanos como el virus; y no digamos el hambre. Vivimos tiempos extraordinarios que exigen responsabilidad extraordinaria.

Como todas las crisis, ésta también pasará. Saldremos de ella moralmente más fuertes, cívicamente mejores ciudadanos; y si lo hacemos bien, graduados de seres humanos como los que el Siglo XXI necesita.