La pandemia está causando muchas muertes y provocando grandes niveles de sufrimiento en todo el planeta; está forzando a gobiernos del mundo a tomar medidas drásticas, necesarias, a veces equivocadas, a veces desproporcionadas; pero es evidente que los pueblos de la tierra necesitan creer en sus líderes y les están dando una nueva oportunidad.  

A la pandemia y a la lucha por sobrevivir cada día, se suma el miedo; una emoción que cuesta dominar en momentos en los que todo se ve oscuro, incierto y negativo. Y no es para menos. Los humanos enfrentamos un desastre multisistémico como no se ha visto en 100 años. 

Estamos aprendiendo a defendernos de un virus del que ya sabemos bastante, pero no lo suficiente para vencerlo; y mientras tanto, somos testigos impotentes de la pérdida de seres queridos; somos testigos y víctimas de los grandes costos sociales y del sufrimiento que provocan el desempleo, el hambre, la pobreza y la violencia; en lo que podría ser ya, una economía global en depresión. 

Esa impotencia se multiplica por la frustración que provoca el vernos encerrados y atrapados en un laberinto en el que cualquier salida tiene un alto costo. Y esto no es fácil de aceptar.    

Las pandemias se vencen cuando el virus ya no encuentra cuerpos para crecer porque las personas logramos inmunidad. 

Lo ideal, lo perfecto, es tener una vacuna que logre esa inmunidad; pero la historia de la humanidad nos enseña que a las pandemias las ha vencido la inmunidad colectiva que da superar el contagio pues las vacunas siempre han llegado después.  

Aceptar esta realidad es muy duro pues esa inmunidad colectiva que produce el contagio ha costado muchas vidas; pero esa es la realidad de las pandemias; como también lo es que en algunas de ellas murió más gente por hambre que por fiebre. 

Los científicos afirman que en los primeros días de la pandemia fue esencial la cuarentena y el control del número de casos diarios, pero insisten en que después de 6 semanas y hasta que salga la vacuna, los números críticamente importantes son los que da la inmunidad colectiva después del contagio.  

Desde esta tribuna hemos afirmado que los datos correctos y objetivos son esenciales para tomar las decisiones que mejor logren ese complejo y doloroso equilibrio que proteja la vida contra el virus, pero también contra el hambre. 

Los humanos hemos enfrentado las pandemias a través de los siglos, dando la cara, arriesgando la vida; y a veces perdiéndola. Y a través de esos años, quedó claro que para superar la crisis económica hubo que resolver y conciliar la crisis de salud. Una misión muy difícil de enfrentar.   

Politizar o darle color ideológico a esta infeliz encrucijada es un despropósito tan grande como poner precio a las vidas perdidas, ya sea por fiebre o por hambre.            

Este capitulo en la historia de nuestro tiempo es muy triste, costará muchas vidas y dejará muchas cicatrices. Si queremos pasar esta página con dignidad, debemos, entre otras cosas, mantener una discusión honesta, respetuosa y con argumentos informados.

Como dijo Benedetti: cuando creímos tener todas las respuestas nos cambiaron todas las preguntas; pero si la historia sirve de algo, elijo que sea cada ser humano, respetando las leyes y a sus semejantes, quien decide lo que es mejor para él y su familia. Dejar en libertad al ciudadano esperando que se comporte con responsabilidad ha sido siempre lo que más éxito y satisfacciones ha dado a las naciones.  

Ofrezco mis votos porque dentro de algunos años, cuando hayamos superado los costos, el duelo y el dolor de esta crisis, daremos gracias a la vida, con humildad, por las lecciones aprendidas y porque habremos aprendido a respetarnos y a vivir en libertad.