Hace tiempo que Centroamérica no logra superar el estado de “diagnóstico”. Es consciente de lo que le pasa, pero no toma acción. Mientras, se acumulan los rezagos y los riesgos.

Si analizamos los números de Centroamérica con frialdad, veremos que su crecimiento neto es marginal, su pobreza una constante, su violencia descontrolada, su debilidad institucional la norma, su situación fiscal precaria y su mediocridad política y la falta de compromiso ciudadano características crónicas de su cultura.

Nuestros números asustan al mundo y por eso nos califican mal en todas las tablas de comparación de subdesarrollo, democracia y Estados débiles que marchan hacia fallidos o narcoestados. El diagnóstico, etapa de la que no salimos, indica que la situación es seria. Hay pronósticos de expertos que hablan de un futuro desolador. Pero el veredicto debiéramos darlo los centroamericanos.

Es cierto, venimos de un pasado complejo que ha generado un presente preocupante. Pero tenemos un espacio enorme, empezando por el uso de nuestra libertad para ejercer el derecho a construir un futuro mejor. Una deuda pendiente con la historia y una enorme responsabilidad para con las futuras generaciones. Está bien que el pasado nos comprometa, por supuesto, pero que no nos determine.

El desafío de la región es desarrollar capacidad de respuesta y de lucha por los objetivos trazados. Está en juego su futuro.

La opinión del primer mundo sobre Centroamérica no es la mejor. Analizamos su diagnóstico, escuchamos su pronóstico pero no aceptamos su veredicto.

Guatemala, El Salvador y Honduras son considerados países en cuidados intensivos. Nicaragua, por el momento, un paso después, aunque muchos no lo vean. Y Costa Rica, con un vecindario tan mediocre y sus propios problemas internos, corre peligro. Este análisis, que se puede considerar pesimista, es como todo, relativo y circunstancial.

Dentro de 25 años es probable que la región haya resuelto la mayor parte de sus problemas. El desafío es para las generaciones que hoy sufren lo mal administrados que están sus países. Claro está, también por su propia indiferencia. El problema que tenemos en la región es de visión. No contamos con una estratégica de largo plazo. Estamos perdidos en el presente. Atrapados en la coyuntura. Ocupados en los conflictos de cada día. El sistema político está divorciado del modelo de desarrollo, cuando uno sin el otro no pueden existir. La política va por su lado y la discusión del desarrollo es la gran ausente en las mesas del debate público. Tener una visión estratégica nos permite ver el futuro. Y esto define y determina cómo debemos manejar el presente. Si creemos en un futuro que ilusione y en un horizonte que motive no hay nada que nos detenga. Es absurdo que pretendamos que las circunstancias mejoren si no estamos dispuestos a comprometernos, ser creativos y desarrollar un plan que se convierta en hechos concretos y resultados sensibles. América Latina está entrando en una desaceleración económica. Centroamérica nunca despegó. Si en los próximos años no se cambia de rumbo, los rezagos y los costos serán extraordinarios. El reto de nuestro tiempo es encontrar la forma y el fondo que nos permitan creer en nuestro futuro. El estado de ánimo y la actitud son clave. Pero lo es más el compromiso por iniciar, de una vez por todas, la construcción de la Centroamérica con la que soñaron los próceres de la independencia y los líderes que a través de la historia se han entregado a las causas de la democracia, el desarrollo y la libertad del Istmo centroamericano.

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