Dionisio Gutiérrez, director del programa Libre Encuentro, habla de la historia y del papel que ha jugado su programa dentro de la opinión pública en temas políticos y de interés social.

Gutiérrez también confiesa algunos anécdotas de su programa con diversos invitados que han pasado por la silla de Libre Encuentro.

Por Julie López, texto. Carlos Jacinto, fotos.

En ocasiones ha tenido que hacer gala de tolerancia, ya que algunos de sus invitados logran subirle el calor a la cabeza. En otras oportunidades, tuvo que esperar cualquier desenlace de acaloradas discusiones entre interlocutores armados. Pese a ello, para Dionisio Gutiérrez los debates del programa televisivo que conduce, Libre Encuentro, siguen siendo un ejercicio democrático muy sano.

Actualmente, a los 38 años, asegura que su participación en competencias de karate y de gimnasia olímpica no lo empujó a la arena pública, como lo hizo su incursión en la Cámara de la Libre empresa, en la recta del Gobierno de Vinicio Cerezo. Reconoce que aun cuando estudiaba en la Universidad Francisco Marroquín estuvo más activo de lo necesario.

Trataba de meterme donde no me llamaban y peleaba contra los generales Lucas y Guevara, recuerda en sus propias palabras.

¿Existe alguna diferencia entre el Dionisio Gutiérrez de Libre Encuentro y el de todos los días?

El de Libre Encuentro es más serio, porque hay unos marcianos enfrente filmándome, por lo que no me queda de otra. Normalmente trato de mantener el buen humor. Como mi trabajo es estar cerca de mucha gente, procuro un ambiente relajado y agradable, en el cual se logren los objetivos.

En una entrevista afirmó que solo usaba corbata cuando conduce el programa.

Ahora ni para eso. Hoy la usé porque para la edición del domingo entrevisté a tres candidatos de la Universidad de Salamanca. Son señores muy serios y encumbrados.

Dionisio era el dios del vino y de la fiesta en la antigua Grecia. ¿Cómo compagina eso con su personalidad?

No fue culpa mía que mi papá decidiera llamarme Dionisio. La verdad es que el vino me gusta pero ésa es la única relación.

¿Le molestó alguna vez llevar el nombre de su padre?

En absoluto. Hoy es motivo de orgullo para mí, porque a él se le recuerda como un hombre de mucho valor. En mi familia, mi abuelo tuvo tres hijos, y los primeros descendientes de cada uno fueron hombres que llevaron los nombres de los dos abuelos. En mi caso, me bautizaron con el nombre de mi padre, pero ahí quedó, porque ninguno de mis hijos se llama Dionisio. Talvez algún nieto siga con la tradición.

¿Qué es lo más trágico que recuerda de su niñez?

Las muertes de mi padre y de mi tío, ocurridas en un accidente aéreo.

Además del dolor que significó tal pérdida ¿hubo otras secuelas de aquel percance?

Mi padre y mi tío era dos personas muy importantes en sus empresas, y eso obligó, en la tercera generación, a tomar responsabilidades a temprana edad, aunque siempre tuvimos gente muy capaz a nuestro lado la que nos ayudó a sacar la tarea, por ejemplo, Eduardo López y Andrés Sedano. Ellos siempre fueron mi guía. Estaba en el colegio todavía y logré graduarme, para entrar a la universidad a los 17 años, pero también empecé a trabajar. Nos metimos en el mundo de los negocios en tiempos de crisis, en la década de los 70, cuando, a la par de mucho crecimiento, ocurrieron problemas muy serios en Nicaragua. Hubo que hacer grandes ajustes y sacrificios para fortalecer la empresa y aceptar el reto.

Usted practicó karate y gimnasia olímpica. ¿Cuándo surgió su gusto por los deportes?

Soy cinta negra en kenpo karate, y lo practico desde los ocho años. Ya no hago gimnasia olímpica, porque creo que doy una vuelta de esas y me quiebro, pero si me gusta. La afición viene de balancear una vida tan dinámica con la salud. EL karate, por ejemplo, me atrae por la disciplina: por la posibilidad de combinar la fuera del cuerpo y la del espíritu.

«Nos metimos en el mundo de los negocios en tiempos de crisis, en la década de los 70, cuando, a la par de mucho crecimiento, ocurrieron problemas muy serios en Nicaragua. Hubo que hacer grandes ajustes y sacrificios para fortalecer la empresa y aceptar el reto».

¿Le ha servido alguna vez en pleitos?

Siempre hay oportunidades en la juventud. Nunca lo usé como un recurso ofensivo, sino como arte defensivo.

¿Alguna vez ha sentido ganas de recurrir a esas habilidades con uno de sus invitados en Libre Encuentro?

Nunca he llegado a eso. En lagunas ocasiones se me ha subido el calor a la cabeza, pero no recuerdo con qué invitados ni por cuáles argumentos, aunque he podido controlarme. Lo cierto es que durante la transición gubernamental de Jorge Serrano a Ramiro de León Carpio, cuando había mucha violencia verbal, más de un invitado llegó armado. En broma decíamos: Dejemos las armas afuera del estudio, porque no tienen lugar en un debate que puede ser fuerte, pero que, sobre todo, de ser respetuoso.

¿Quiénes llegaron armador al estudio?

Juan José Rodil Peralta fue uno. Él permaneció con su pistola en el cincho durante todo el programa. Allí pudo haber ocurrido cualquier cosa. En otra ocasión, lo hizo un diputado, cuyo nombre no recuerdo, y después un militar, de esos que eran muy criticados, quien no quiso despojarse del arma para entrar en el estadio de grabación. Entonces le dejamos que lo hiciera porque así se sentía mejor.

¿Recuerda algún programa en especial? ¿Uno que se le haya ido de las manos?

En la transición entre el Gobierno de Serrano y el de Ramiro de León Carpio hubo un debate muy fuerte entre cuatro personas que daban de gritos al mismo tiempo. Más que pensar que había perdido el control., dejé ir el programa, porque era parte del show y de la dinámica, pero no tardé más de un minuto y medio para recuperar la normalidad. Hubo otro programa, en el que participaron el diputado José Carlos Acevedo, un gordito muy simpático y hábil, gente del calibre de Luis Ernesto Pérez, que es muy bueno para debatir, y algunos líderes sindicales con quienes se dijeron discusiones muy fuertes. Recuerdo, además, la entrevista con Vinicio Cerezo, que se convirtió en una guerra de no dejarnos hablar, y el debate con Rodil Peralta, en el cual se dijeron cosas muy fuertes. Esos, entre otros, están entre los programas más memorables.

¿Cómo se le ocurrió montar un programa como Libre Encuentro?

Cuando empezó el Gobierno de Serrano surgió la idea de plantear al público las posiciones ideológicas de la época, como un ejercicio democrático muy sano. Grabamos el primer Libre Encuentro en un garaje con techo de lámina. Allí sonaba un grillo que nos acompañaba en todos los programas, y el perro de la casa vecina que siempre ladraba. En más de una ocasión pensamos en hacer tortillas con chicharrón de perro. Canal 3 nos abrió las puertas, los sábados a la una de la tarde, hace más de seis años y hemos llegado hasta ahora, a ser un programa con un nivel respetable de audiencia.

¿Qué cualidad ha tenido que utilizar más para dominar la situación entre sus invitados?

Tolerancia y madurez, porque mi posición como director tiene que ser muy balanceada, no ofensiva, para evitar ataques personales o planteamientos ajenos al tema que se está tratando.

A usted se le acusa de no ser moderador en el programa, sino de ser, en ocasiones, juez y parte.

Eso lo he hecho siempre, no solo en algunas ocasiones. En Libre Encuentro, si bien trato de dirigir, no soy moderador sino parte. Ese es el objetivo de mi participación, porque sino me sentiría como un payaso. La meta principal del programa es defender ciertos valores que mantengo, así como tratar de llevar las discusiones en la dirección de mis convicciones y debatir las cosas que no creo; incluso, atacar aquellas que le hacen daño al país. Desde ese punto de vista, por tratarse de un debate, es muy difícil mantener una posición neutral.

Se dice que usted tiene pretensiones políticas, que quiere ser presidente. ¿Es cierto?

Es cierto que algunos lo dicen, yo nunca lo he dicho.

Si hoy fuera presidente, ¿estaría en la línea de lo que ha hecho Álvaro Arzú?

Creo que el primer error de un político sería responderle si o no. Cada uno de los presidentes respetables y decentes que ha tenido Guatemala han hecho algunas cosas buenas. Lamentablemente han sido muy pocos, pero considero que las necesidades actuales del país son tan grandes, en todos los campos, se que todavía resta mucho por hacer, y este Gobierno no está haciendo algunas cosas.

Según usted, ¿qué es lo mejor y lo peor que ha realizado este Gobierno?

Lo mejor es que lo está haciendo con la infraestructura del país: carreteras, comunicaciones, y demás. Lo peor, obviamente, es la seguridad, porque los niveles de violencia siguen siendo muy altos pese a los esfuerzos por controlarlos.

Desde el punto de vista empresarial, ¿cuáles son las consecuencias de tal panorama?

Guatemala sigue siendo un país en el cual es difícil trabajar y hacer negocio. Aunque es un lugar muy atractivo para inversionistas extranjeros, tenemos que hacer algunos cambios, como los que han comenzado a ejecutarse en la infraestructura y comunicaciones. Además, en el tema de seguridad debe existir un marco jurídico y económico estable y confiable, no uno que deba modificarse cada cierto tiempo.

¿Le molesta andar con guardaespaldas?

Pues la verdad es que ya me acostumbré, porque me acompañan desde que tengo 15 años. Tengo un buen equipo de gente que siempre está conmigo. Además de ser buenos muchachos, son educados, han recibido mucho entrenamiento, incluso en temas como relaciones humanas. Entonces se vuelve una situación amigable.

¿Qué le motivó a contratarlos?

En mi familia ha habido dos intentos de asesinato, tres secuestros y algún nivel de acoso y persecución, todo lo cual ha creado momentos difíciles.

¿Cuántos tiene?

La verdad es que no los he contado, pero son unos cuantos.

¿Es justo decir que usted ha creado un monopolio?

No. Ese es el tipo de ataques que, además, son malintencionados. Es muy fácil demostrar que, a nivel empresarial, el grupo al cual pertenezco no controla ninguna actividad económica en forma exclusiva. Creo que hay libertad absoluta de que, cualquiera pueda hacer lo que yo hago, y a ello daremos la más cordial bienvenida.

Usted ha confesado se un asiduo lector de Taylor Caldwell. ¿No le gusta García Márquez?

Me encanta; es uno de los mejores escritores de Iberoamérica. Es un hombre tremendamente humando, un gran comunicador y cuenta historias que a uno le gusta leer y lo engancha.

Hablando de los buenos escritores, ¿qué le dice a usted el nombre de Francisco Pérez de Antón?

Es un ejemplo para mí, además de un gran maestro y un hombre importante para Guatemala, que, sin ser del país, ha dado mucho más que la mayoría de guatemaltecos. Fue pionero en la agricultura, en el ejercicio de un periodismo diferente, creativo, integral y combativo. Es una persona con una claridad mental excepcional. Es un gran líder. La gente que lo conoce lo aprecia y sigue.

Se sabe que los boletos lo enloquecen. ¿Cuál en especial y por qué?

Mejor no le digo por qué, pues me pueden regañar. Me encanta la música romántica. Incluso la de los cantantes más modernos, como Luis Miguel, Mijares, José José, Julio Iglesias y Laura Pausini, cuyas canciones tienen siempre un mensaje, acorde con el concepto de lo que es un boleto. Me gusta el ambiente que crea, de tranquilidad y emociona.

Volviendo al significado de su nombre, ¿Alguna vez ha organizado una fiesta dionisiacal?

No, pero el día que la organice la invito. Le aviso.