Discurso de Dionisio Gutiérrez en el IV Encuentro Ciudadanos, realizado el 6 de marzo de 2019. 

Hace unos días, cuando reflexionaba sobre las ideas y los temas que compartiría con ustedes esta mañana, me preguntaba cómo llegó Guatemala a este momento tan difícil; a este punto de tanto deterioro e incertidumbre.

El año pasado cumplí 40 años de ser un activista. Mi despertar cívico fue antes de los 20 años, como estudiante, cuando me opuse públicamente a la dictadura militar y al movimiento marxista en los 70s y 80s.

Luego llegué a la Cámara de la Libre Empresa, desde donde inicié Libre Encuentro; hace casi 30 años; después de haber participado en el movimiento cívico que sacó del poder a aquel delincuente y aprendiz de dictador que está prófugo de la justicia en Panamá. Más tarde, desde nuestra Fundación, construimos proyectos que estamos desarrollando; y desde el programa de televisión, Razón de Estado, exponemos la realidad del país, y hacemos análisis y propuestas.

Después de más de 40 años de activismo, me encuentro con un país que sigue igual de pobre, pero con más desorden, y agobiado por la angustia y la desesperanza; y encima, con una epidemia de desconfianza y confrontación.


Cuando reflexionaba sobre estos temas, recordé que vivimos tiempos marcados por el declive del hombre público, el desprecio por la política y la decepción en la democracia. Esto representa una grave amenaza para la estabilidad y el futuro de las naciones.

La causa del fracaso de los países está en la política. Y también, en la política está la solución. 

Por eso es imprescindible rescatarla y devolverle el brillo y prestigio necesarios para que tenga la fuerza y la autoridad para cumplir con la razón de su existencia.

Rescatar la política es una obligación ineludible de los ciudadanos. Sobre todo, de los jóvenes.

Hoy celebramos que nos acompañen casi 200 jóvenes de 17 y 18 años que pidieron participar en este evento.

Los saludamos y les pedimos que sean los ciudadanos que Guatemala necesita. Lo que corresponde es pedir su perdón por el país que les estamos dejando. Espero que, a sus hijos, ustedes les puedan contar una historia distinta.

Después del gobierno de Colom y Torres pensamos que no era posible tener un gobierno más mediocre, más corrupto y más oportunista que aquel; en el que se llegó al extremo que pretendieron perpetuarse en el poder después de malgastar cuatro presupuestos nacionales en programas clientelares que no sacaron a un solo pobre de la pobreza.

Manipularon y secuestraron instituciones electorales y de justicia, persiguieron a críticos y opositores, y se atrevieron a ejecutar un divorcio fraudulento; como capítulos de una conspiración para llevar a Guatemala al chavismo y al tenebroso socialismo del Siglo XXI. Les falló su plan. No todos lo vieron y pocos lo recuerdan.

Después de aquello, con las instituciones secuestradas por el Estado criminal que tiene a Guatemala prisionera, llegó el gobierno de Pérez Molina; que, como el anterior, siguió traicionando al pueblo que lo eligió, con otras formas de voracidad, ambición y cinismo.

La casa presidencial siguió siendo una cueva de ladrones; y como tenía que ser, aunque no están todos los que son, sus ocupantes en 2015 terminaron en la cárcel; porque para su mala suerte, se puso las pilas “la C”. Aquí hay micrófonos, y el gobierno y algunas burbujas tiemblan cuando escuchan esa palabra… La CICIG.

Los patrioteros quisieron robarse hasta las columnas del Palacio Nacional, pero se resignaban con los 4 años de gobierno. La UNE y Sandra Torres querían robarse el país entero; al mejor estilo del chavismo, o de Morales de Bolivia o del comandante de Nicaragua.

Y para la próxima elección, con máscara nueva, impunidad y los apoyos de siempre – los oscuros y algunos empresarios “de élite” – lo vuelve a intentar. Qué pena, Guatemala.

Después de esos gobiernos, apareció “esto que tenemos”, que debió ser un gobierno de transición; pero nos lo quedó debiendo.

Algunos gobiernos son peores que otros; el problema es el saldo negativo que van acumulando. Son realmente bandas de ineptos, pícaros y mafiosos, que asaltan el Estado; con suerte, de forma temporal.

 Algunos países en América del Sur se descuidaron y los bandidos se quedaron en el poder más tiempo de la cuenta; pero los pueblos de Venezuela, Nicaragua y también Bolivia, están preparando las escobas para limpiar la basura y sacar a sus tiranos a escobazos.

El gobierno de Morales, el de Guatemala, se ha ganado la calificación de inmoral, deshonesto, incapaz y, entre otras flores, cómplice del crimen organizado. 

Con su permiso, quisiera dirigirme al presidente. Señor presidente, déjeme decirle cuatro cosas:

La devastación institucional que usted está dejando es una amenaza para la democracia, para el Estado de Derecho y para la libertad de la nación.

Su plan de gobierno fue mantener la captura del Estado. Viola la constitución cada vez que le da la gana.

Lejos de liderar el esfuerzo de la lucha contra la corrupción, lo destruyó; desmanteló los avances en la policía nacional y comprometió la seguridad ciudadana, con la complicidad del ministro de gobernación más mediocre y prepotente que hemos tenido en décadas.

Así es, presidente. Durante estos casi 4 años de vergüenza, Guatemala bajó en casi todas las calificaciones.

Su gobierno, en lugar de fortalecer el Estado, dar brillo al sistema de justicia, confianza a la economía y alivio a los graves problemas sociales, se dedicó a decir mentiras, esconder sus delitos y proteger sus intereses.

Faltan 10 meses para que esta pesadilla termine; sin ninguna garantía de que otra no vaya a empezar. Solo esperamos que cuando ustedes se vayan, presidente, se encuentren con la justicia y el Estado de Derecho que tantas veces han violado.

Las causas de que nuestra sociedad esté debilitada y enfrentada están en la pequeñez de nuestra política, el oportunismo de sus dirigentes, la complicidad y la indiferencia de las élites, en especial la élite económica; y la corrupción que ha destrozado nuestra democracia y debilitado sus instituciones.

Grupos marginales pero poderosos de la sociedad están perdidos en sus miserias y egoísmos; en la indiferencia y la frivolidad.

Y las grandes mayorías se dejan llevar por la desinformación, la descalificación y los prejuicios; y hoy, somos esclavos de la desconfianza. Nos cuesta creer en algo o en alguien.

Hemos construido una clase política inservible; un reflejo de nuestras élites, una manifestación de la quiebra moral y la decadencia de tanto bandido que se hace llamar político.

Demasiados de los candidatos a alcaldes, diputados y presidentes son delincuentes; y deberían estar en la cárcel. Pero representan intereses que son parte de una cultura que debe cambiar.

Votamos, pero no elegimos.

Estos son los síntomas de la verdadera tragedia de Guatemala: el subdesarrollo político. También lo llaman el fracaso de las élites o la decadencia de la aristocracia hereditaria, ya sea ésta, política, ideológica o económica.

Gente egoísta y vulgar a la que tocó llegar a posiciones que no llena ni entiende. Y es precisamente en la política donde causa devastación.

Promulgan leyes que no cumplen, fundan instituciones que no respetan, y a la sombra de la defensa de una falsa soberanía, niegan y esconden el secuestro del Estado y el grado de criminalización que ha alcanzado la política.

Tenemos candidatos de ocasión, que aparecen cada 4 años; y lejos de proponer un proyecto de Estado y señalar los errores del gobierno, la mayoría son sus cómplices; y ofrecen lo que saben que no van a cumplir, para ganar una elección; sin la más mínima idea de lo que es gobernar.

Estos escenarios son el preludio de los caudillos que terminan de dictadores.

En nuestro sistema de educación, más de un millón de niños no van a la escuela porque están destruidas; y los que van, tienen hambre y no aprenden. Las causas: abandono, corrupción y la más infame dirigencia sindical que país alguno haya visto; con un delincuente al mando cuyo nombre no diré para no ensuciar las paredes de este salón.

Son nuestros niños, nuestro futuro, quienes llevan años pagando las consecuencias del egoísmo y la ambición de este desagraciado; con la complicidad de los más desgraciados presidentes que han sido sus cómplices; como el actual, para fines políticos; y lo que han hecho es asesinar el futuro de más de una generación.

Tenemos casi dos millones de jóvenes con DPI que no están empadronados. Y hablando con algunos de estos muchachos hace unos días, me decían que no creen en la política y menos en los políticos. Me decían que se dedican a resolver los problemas del diario vivir; que, para ellos, son muchos.

No es fácil vivir en un país desbordado por la violencia; capaz de generar solo 25,000 empleos formales al año, frente a más de 200,000 jóvenes que, también cada año, llegan a edad de trabajar.

No es fácil vivir en un país donde el 50% de sus jóvenes fue afectado por la desnutrición crónica y que, entre muchas de las consecuencias, solo el 7% tiene acceso a la educación superior.

No es fácil vivir en un país que está entre los últimos 3 lugares del continente en todas las calificaciones socioeconómicas.

La economía no crece lo suficiente para crear oportunidades para todos y la emigración es cada día más difícil. Somos una economía de consumo con dinero de remesas. Un modelo económico que, menos mal existe, pero es insostenible.

Somos un país que produce pobreza; y la pobreza y la desigualdad amenazan con romper la frágil estabilidad en que vivimos.  Debemos entender que un país no es viable cuando unos pocos estamos bien en una sociedad donde cada vez, más, están peor.

Las Reformas Políticas del Estado, que gobierno, Congreso y élites nunca promovieron, el veto sin propuesta de grupos poderosos y la crítica al sistema de justicia por sus defectos, pero la negación para renovarlo, son la prueba irrefutable del egoísmo y la negligencia que pueden llevar a Guatemala a la era de las cavernas.

No somos una democracia representativa; somos una democracia de poderes periféricos, algunos de ellos oscuros y criminales; otros que responden solo a intereses económicos, y por eso se proyectan parciales y egoístas; y otros, que solo responden a intereses ideológicos y necesitan del conflicto para sobrevivir.

Un Estado republicano se debilita con estos desequilibrios y despropósitos; que solo se corrigen con Estado de Derecho y democracia; no con el atropello a la independencia de poderes.

¿Cómo es posible que seamos una nación que se fundó entre próceres notables e ideas liberales, en un contexto pacífico y progresista, para dar la independencia a un pueblo que, con el paso de los años, la convirtió en su desgracia?

Lejos de haber construido una democracia de instituciones y de ley, vivimos un subdesarrollo político humillante y vergonzoso.

Tenemos 27 partidos políticos, en su mayoría, financiados por la corrupción y el narcotráfico; y en junio, probablemente veremos 26 candidatos presidenciales, la mayoría improvisados y de última hora, al mejor estilo de los países africanos más atrasados.

Seguimos jugando a la lotería con el destino de nuestro país. Al cara o cruz en cada proceso electoral.

¿Se pueden celebrar elecciones libres en estas condiciones? ¿Somos una democracia capturada?

Algunos llaman a estos datos, reflexiones y proyecciones “visión pesimista”; como si por eso dejaran de ser verdad.

La nación pasa por un momento de incertidumbre, frustración y desesperanza. Por un momento de suma gravedad que no permite proponer ni prometer soluciones fáciles.

Quien lo haga no construye democracia; practica la demagogia.

El problema es que el tiempo se nos acaba; y hoy, más que indispensable, es urgente la reforma política del Estado; en especial, las reformas al sistema de justicia y la ley electoral.

De esto depende la estabilidad, la convivencia y la sobrevivencia misma del Estado.

Cada cuatro años desempolvamos la democracia para luego olvidar nuestras responsabilidades ciudadanas. Y en vez de ser ciudadanos activos, somos testigos pasivos de gobiernos que desgobiernan y secuestran el presente y el futuro de la nación.

Necesitamos reivindicar el respeto en nosotros mismos y demostrar al mundo que somos una nación posible, civilizada y con voluntad de progreso. Y para eso, es indispensable el compromiso del ciudadano y su ingreso a la mesa pública del debate de las ideas y las propuestas.

Fundación Libertad y Desarrollo es un tanque de pensamiento con capacidad de análisis y propuesta; y en cada oportunidad que tenemos, insistimos en que Guatemala necesita Partidos Políticos que son instituciones sólidas, respetables, permanentes, democráticas y transparentes.

Sostenemos que el fundamento de la sociedad liberal lo constituyen partidos fuertes y ciudadanos presentes, un sistema electoral cristalino, poderes y cortes independientes, libertad económica y orden fiscal.

Estamos convencidos que necesitamos movimientos de izquierda liberal que hablan de respeto a la propiedad, la competencia y la productividad; y movimientos de derecha liberal que hablan de programas sociales y solidaridad. 

Necesitamos partidos que se alternan en el poder y dan continuidad a políticas públicas que responden a un modelo de desarrollo gestionado por una tecnocracia profesional y permanente.

Una tecnocracia formada en una buena Escuela de Gobierno, con valores y excelencia.

Para lograr esto, es imperativo que los partidos políticos recuperen el respeto y la autoridad como interlocutores entre pueblo y Estado; y que sean la primera línea de defensa para preservar la democracia y la república.

La sabiduría y la honradez que necesitamos para enfrentar los extraordinarios desafíos de la nación parecen distantes e inalcanzables, pero a pesar de todo; a pesar de cualquier cosa, debemos intentarlo.

Guatemala es nuestra tierra, Guatemala es nuestro hogar; y por eso, con optimismo, ilusión y compromiso, démonos la oportunidad de enfrentar estos retos juntos, como ciudadanos de una nación con destino común y como herederos de una cultura y unos valores que debemos honrar.

Como las sociedades exitosas, encontremos en la Democracia liberal y republicana con Estado de Derecho el camino a la libertad y al desarrollo integral de la nación. Alcemos la mirada y veamos más allá; donde ponen la vista los hombres y mujeres de Estado.

Alcemos la voz y pidamos la palabra para dar el grito ciudadano que exige justicia y seguridad, que pide condiciones para construir oportunidades para todos, que demanda un Estado digno, respetable y respetado; un grito ciudadano que se escuche en el mundo entero, y que, con claridad indiscutible afirme que Guatemala quiere vivir en democracia y libertad.

Dionisio Gutiérrez Ciudadano guatemalteco

Guatemala, 6 de marzo de 2019

¡Qué vivan la libertad y la democracia en Venezuela!

¡Y en Guatemala también!