Hacen falta liderazgos que sean capaces de canalizar en forma positiva la energía ciudadana que estamos estrenando en el país. El momento es ahora.

Ya es noticia mundial que Guatemala sufre una de las explosiones más fuertes de la crisis permanente en la que vive. Desde la apertura democrática en 1986, Guatemala no fue capaz de articular y consolidar un sistema político democrático, institucional y garante de un estado de derecho que garantice los derechos y libertades del ciudadano.

Muy lejos de esto, se ha venido consolidando a través de los años un aparato criminal que ha secuestrado al Estado y lo ha convertido en botín de los distintos grupos que llegan al poder. Aliados con carteles de narcotraficantes y a través de una estructura de empresas de cartón, saquean la arcas del Estado y corrompen todo lo que tocan. Esto ha convertido a la política en Guatemala en un monstruo con vida propia.

Esos grupos “políticos” son capaces de financiar sus propias campañas, utilizan el sistema de justicia a su antojo y pasan por encima de quien sea para lograr sus objetivos. La costumbre a esta “cultura política” nos ha hecho escépticos, y la mezcla entre frustración e impotencia nos ha habituado a vivir con fuertes dosis de conformismo y pesimismo.

“Las reformas que el país necesita son más que urgentes. No podemos seguir dando aspirinas a un paciente con cáncer.”

Estoy de acuerdo en que hacen falta liderazgos que sean capaces de canalizar en forma positiva la energía ciudadana que estamos estrenando en Guatemala. Si estos aparecen y logran interpretar, ordenar y transmitir el sentir popular, podríamos ver hacerse realidad algunos de los milagros que hace mucho tiempo esperamos para este gran país centroamericano.

El reto es para las élites. ¿Tienen la visión, el valor y las ganas de aprovechar este momento estelar que la historia les presenta para intentar hacer los cambios que el país necesita?

Estos son cambios que solo se pueden hacer a través de un extraordinario movimiento cívico e intelectual que esté en la frontera entre la audacia y la temeridad, y que logre rescatar al país del tenebroso lugar al que el “sistema político” actual le lleva.

Guatemala, como otras naciones de América Latina, necesita con urgencia un gran movimiento cívico, una revolución ciudadana que sea capaz de cambiar el destino al que, hasta hace poco, parecía condenada. Solo el pueblo salva al pueblo. Así se cambia la historia.

Algunas preguntas necesarias son: ¿es este el momento para Guatemala? ¿Estamos dispuestos los guatemaltecos? ¿Estamos preparados?

Las reformas que el país necesita son más que urgentes. No podemos seguir dando aspirinas a un paciente con cáncer.

El despertar del pueblo guatemalteco puede ser el inicio de una nueva historia para Guatemala. El mo-mento es ahora. Sin duda, este país centroamericano pasa por un momento de inflexión. Dependiendo de cómo termine este capítulo en su vida política, marcará lo que sucederá en la próxima década.

Veremos en las próximas semanas si la juventud, la dirigencia de la sociedad civil, el sector privado y otros grupos vieron el momento y lo aprovecharon.

Estas oportunidades se presentan pocas veces en la vida de una nación. Y siempre hay muchos más arrepentidos de no haberlas aprovechado que quienes las dejaron pasar. Todos los pueblos del mundo, a través de la historia, han pasado por su proceso de aprendizaje y evolución. Esto ha tomado siglos, generaciones, costos incalculables y muchos dolores.

No siempre lo entendemos, pero saberlo, nos ayuda a tener paz en la tormenta.