He recorrido Centroamérica de cabo a rabo y he visto a miles de valientes abrir su empresa.

Para los miembros honestos de las élites centroamericanas –los hay corruptos y oportunistas– sería mucho más fácil de lo que creen, definir y marcar el rumbo de sus países. Con las relativas excepciones de Costa Rica y Panamá, los otros cuatro sufren un subdesarrollo político brutal y decadente –bueno, uno más brutal y decadente que los demás– que complica el presente y compromete el futuro.

Los políticos no se enteran de que la economía depende de su liderazgo, capacidad y, en especial, de su decencia. Los actores de la economía responden al marco que define el gobierno y a la transparencia que proyecta el sector político. Lo cual explica por qué somos una de las regiones más atrasadas del mundo.

En ausencia de una dirigencia política que responda a los problemas, desafíos y oportunidades de la región, nos gustaría ver a las élites económicas, académicas y profesionales asumiendo la responsabilidad y corrigiendo la plana a los políticos. Pero, están muy cómodos cada quien en lo suyo.

Nuestra realidad social es fuente de sufrimiento y nuestros números sociales son una vergüenza. Estos cuatro países de Centroamérica ocupan los últimos lugares en todos los índices y mediciones del continente.

La economía de los cuatro solo funciona para la mitad o un poco más de su gente según el país. Ser joven y buscar trabajo sin encontrarlo es una lamentable ver­ dad. Una verdad que se manifiesta cada día con frustración y desesperanza cuando quienes se han queda­ do atrás, entran a los mercados para hacer la compra sabiendo que no alcanza.

Dice un maestro que algún día se entender á que un empresario no es más que ese personaje capaz de reunir recursos humanos, financieros y tecnológicos y de crear con ellos algo que puede ofrecer para que otros compren. Pero al empresario le acusan de los problemas en los países y le persiguen políticos

y populistas. Esos charlatanes que todo lo tuercen. Esos parásitos que nunca han  producido algo ni han generado un empleo. Esos que son los padres del subdesarrollo político. Pero los políticos, no se enteran.

Aunque nuestras economías sean imperfectas e insuficientes; los empleos que hoy se tienen, los impuestos de los que viven y malgastan los gobiernos y lo poco que se produce en los cuatro países, depende de esos cientos de miles de hombres y mujeres que decidieron arriesgar y emprender. Ellos son la sal y la luz de nuestras economías. Sin ellos, las cosas serían aún más difíciles.

Cínicos y despistados culpan al empresario de la pobreza, cuando lo que nuestros países necesitan es una legión de emprendedores invirtiendo y generando oportunidades. Pero no hay condiciones.

Es cierto que hay algunos que se llaman a si mismos empresarios, pero son otra cosa.

Para la empresa, la libertad y el Estado de Derecho son el escenario perfecto; y su mejor contrapeso. Pero de esto, los políticos no se enteran.

Mientras el futuro de los niños se ve comprometido, la región está perdida en la discusión ideológica y la lucha de intereses políticos espurios.

He recorrido Centro América y he visto a miles de valientes abrir su empresa cada día para luchar y dar lo mejor de si, a pesar de todo. Ser empresario no es fácil en la región. Por eso es importante revalorizar las democracias y de volver la mora l ala política para que, entre otras cosas, se aprecie el valor de quienes producen y ofrecen oportunidad es. De esto depende el futuro.

Desarrollar un país toma 20 años creciendo cada año la economía 6 puntos porcentuales, por arriba del crecimiento de la población. Estamos lejos de alcanzar esa velocidad. Son las empresas y una economía libre con certeza jurídica las que traen éxito a las naciones y prosperidad a sus habitantes. Pero los políticos no se enteran