INCERTIDUMBRE ECONÓMICA Y DEMOCRACIAS AMENAZADAS

A lo largo de la historia, los tiranos en todas as regiones del mundo han encontrado a manera de eliminar las libertades civiles y de amarrar las manos de la justicia, quebrantando el Estado de Derecho y asfixiando la democracia.

Las tácticas son variadas, pero la historia nos enseña que los dictadores, en su afán por consolidar un sistema  autoritario,  persiguen,  encarcelan  y hasta asesinan opositores, disidentes y periodistas;  toman control del sistema judicial y amenazan a magistrados, jueces y fiscales independientes con procesos disciplinarios espurios o con violencia.

Los tiranos buscan tener absoluta impunidad para el cometer abusos, saquear el gobierno y lograr la captura del Estado. Son criminales disfrazados de políticos y con capacidad para corromper ejércitos –pues necesitan armas– y someter a los pueblos. Y la élites, cómplices y comparsas en la mayoría de casos, se dan cuenta, muy tarde, del crimen del que fueron o del que son partícipes y cohortes.

Desde finales del siglo pasado, demasiados gobiernos de América Latina se desviaron con una agenda ideológica populista y autoritaria, con violencia política y prácticas de justicia selectiva. Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador son claros ejemplos, a los que se suman intentos para lo mismo en otros países.

Los grupos políticos que llegaron al poder en esos países lo hicieron por una vía electoral amañada y oportunista, ofreciendo lo que sabían que no cumplirían y aprovechándose de electorados incautos, mal informados y muchas veces ignorantes.

Después de ver el desastre venezolano y la tragedia humanitaria en que se ha convertido, se pensó que los pueblos empezarían a votar con más juicio y escrutinio. Sin embargo, pasan los siglos y las generaciones, pero la raza humana confirma su capacidad para cometer los mismos errores, una y otra vez. Sin duda alguna, somos una especie que tiene mucha oportunidad de evolución.

Ningún país ha alcanzo el desarrollo limitando libertades, persiguiendo opositores y atacando a las cortes de justicia. Los países que lo han hecho o que lo hacen, cayeron o caerán en desgracia y se derrumbarán hasta llegar a las cenizas como están hoy Cuba, Venezuela o Corea del Norte; o como lo estarán Nicaragua y Bolivia si no regresan a la senda democrática.

Los centroamericanos estamos atrapados en medio de una lucha de intereses y de un conflicto ideológico lleno de señalamientos y descalificación, con la indiferencia de las élites y la complicidad de las organizaciones que viven del conflicto.

Costa Rica y Panamá son otra historia, pero en los otros cuatro países del Istmo, la pobreza, la falta de certeza jurídica y por eso la falta de inversión, la ausencia de oportunidades y los dramas en salud, educación, seguridad y desnutrición son las tragedias que nos tienen como una de las regiones más atrasadas del planeta.

Pero nuestras élites no se enteran. Empezando por la élite política.

Esos cuatro son países pobres y mal gobernados, en los que cada año hay más miseria, menos oportunidades, más conflicto, menos posibilidad de emigra, peores políticos y unas élites rancias, egoístas, miopes e incapaces.

La democracia liberal y republicana –el sistema que más éxito ha dado al mundo– no es fácil, y menos, cuando las sociedades han consolidado culturas de egoísmo, negligencia, indolencia y corrupción; pero es el camino a seguir.

Vienen tiempos de mayor volatilidad, conflicto, inestabilidad y eventos inesperados. La economía del mundo tiene grandes desafíos y hay tormentas en el horizonte.

Debemos prepararnos para lo peor y esperar lo mejor. Algo que no hacemos. No es un ritual de pesimismo; es cuestión de responsabilidad. Y esta empieza por tener ciudadanos de verdad, mejores gobiernos y más democracia.