Prensa Libre le dedicó su editorial para hablar del acoso que sufría el programa Libre Encuentro, el 18 de junio de 1992.

Un medio puede ser silenciado o atemorizado por acciones abiertas o encubiertas encaminadas a terminar con la libertad de expresión, o a man­tenerla dentro de límites muy reducidos, como ha sucedido en el pasado.

Para fundamentar estos pensa­mientos resulta obligado volver a los casos del periódico escrito La Epoca y del telenoticiero Aquí el Múndo. Uno murió a bombazos y el otro mediante presiones a los propietarios del canal.

Aquellos procedimientos riñen con muchas garantías constitucionales y con la limpieza de gobiernos civiles, legalmente establecidos. Y no pueden justificarse con el reconocimiento de imperfecciones de la democracia, como justificantes de los excesos. Que la democracia, al estilo latinoamerica­no tiene vicios profundos, no es un secreto. Todo el mundo lo sabe y uno de los peores es la intolerancia demo­crática. Mírese desde aquí el panora­ma venezolano.

Es para los periodistas como res­tregar sal en la herida mencionar ca­sos recientes que reviven otros más antiguos; pero resulta necesario y obligado hacerlo en la creencia que puede ayudar a evitar nuevos trope­zones.

Sabido es que un personero del diario Siglo XXI ha estado baio coac­ciones y amenazas; algo parecido su­cedió a un reportero de Prensa Libre, obligado, finalmente, a emigrar al Ca­nadá. El campo de la Tele visión no ha estado exento de esos contratiempos. Un locutor de Tele Prensa -el señor José Eduardo Valdizán- fue cesado en su cargo, al retornar de un via¡e a los Estados Unidos. Carmen Aída /barra, la ;oven periodista que redacta una sección dominical en el periódico cita­do al principio de este párrafo, ha sido víctima de coacciones casi increí­bles.

Ahora surgen rumores en torno a una maniobra para cerrar, por medios indirectos, el programa Libre Encuen­tro, cuyo fundador, animador y soste­nedor es Dionisia Gutiérrez, un em­presario de éxito, cuyo dinamismo despierta recelos políticos en varios sectores, incluyendo el oficial.

Libre Encuentro ha sido, hasta hoy, una tribuna de libertad, en la que han tenido oportunidad de expresar sus ideas muchos funcionarios públicos en debate vivo con profesionales, cientí­ficos y periodistas que trabaian fuera de las esferas gubernativas.

Esto le ha dado popularidad y una creciente teleaudiencia. Libre Encuen­tro es, quizá, hoy en día, el foro más amplio y popular de Guatemala. Toca siempre problemas fundamentales y de actualidad. Las encuestas lo colo­can por encima de otros programas de televisión, pero tiene una debilidad -como la tuvieron en su tiempo otros telenoticieros- y es que está adherido a una empresa que no disfruta de au­tonomía. La frecuencia concedida por el Estado es como el hilo delgado que la une a la vida comercial y cultural. Basta que un hombre poderoso dis­ponga de un tiiera y su existencia se acaba en cualquier momento.

Libre Encuentro, en uso legítimo de su derecho a examinar los problemas que el país padece, ha entrado de lleno en el plano de la crítica, porque ésta -todos lo sabemos- es el toque distintivo de la verdadera libertad de expresión.
Mencionamos ya los medios indi­rectos de ajustar cuentas a un telenoti­ciero. Esta vez empujan con energía contra el programa del señor Gutié­rrez.

El cierre de Libre Encuentro sería una reedición, empastada a la rústica, del cierre de Aquí el Mundo. Oialá que el presidente Serrano Elíos y el vicepresidente Espina Salguero deten­gan a tiempo esta maniobra, que no tiene explicación, excepto si se da carta de ciudadanía a la intolerancia política.