En estos días de encierro, aislamiento y angustia; y en momentos en los que el mundo apenas empieza a sentir la fuerza y la capacidad destructora de la pandemia; después de casi 500,000 contagios y más de 20,000 muertes en el mundo; y sin día ni mes para decir que esta pesadilla terminó, se empiezan a escuchar voces, cantos y aplausos de gente que ve oportunidades en esta tragedia; gente que la siente como un corrector o como un instrumento que empujará al ser humano a un nuevo sendero de responsabilidad, respeto, cordura, agradecimiento y humildad.

Dicen que la crisis es porque caímos en la frivolidad del consumismo y la superficialidad de la retribución inmediata a cambio de nada. Dicen que caímos en el egoísmo de pensar solo en uno mismo sin importar qué sucede con los demás; y que la pandemia, aunque estemos apartados, nos obligó a acercarnos otra vez, a volver a la familia y a apreciar las cosas sencillas y ciertas; las que alguna vez hicieron el inventario de valores que dieron saldo positivo a la humanidad.

No lo sé; pero cada quien, tendrá que encontrar razón, motivo y propósito a lo que está viviendo; y qué alegría sería para la creación, que salgamos de esta encrucijada graduados de seres humanos, dispuestos a rescatar esos valores que extraviamos en el camino y preparados para responder a un planeta sobre el que probablemente hemos reclamado más derechos de los que realmente tenemos.

Dicen que estamos enfermos porque nuestra casa está enferma y que la madre tierra llora, desde hace años, para que la cuidemos mejor.

Hoy, más de dos mil millones de seres humanos, aunque sea desde el encierro, respiran, por primera vez en muchos años aíre limpio. Los cisnes y los delfines volvieron a los canales de Venecia, lagos y ríos del mundo empiezan a enseñar su transparencia; el cielo azul, que había desaparecido en muchas geografías volvió a florecer.

¿Estábamos equivocando el uso de nuestra energía y viviendo a una velocidad y a un ritmo que acumuló consecuencias que no queríamos ver?

La noticia es que mucho antes de esta pandemia nos había atrapado otra pandemia. Una, cuyas consecuencias tardan en impactar. La indiferencia.

El encierro obliga a pensar, el aislamiento a extrañar y la angustia a vernos hacia adentro para reconocer que muchas cosas no estaban bien; y que, si esta crisis puede servir de algo; que sea para iniciar un mundo nuevo y una cultura distinta, con sentido de responsabilidad por la nación, por la política, por el ser ciudadanos, por el ser humanos.

Millones de seres humanos sufren y viven hoy momentos de drama. La mayoría de ellos ha vivido siempre así por otras razones. Pero hoy, millones más perderán su trabajo y sus empresas; y tocará a estadistas, líderes y expertos ordenar y restituir la dimensión económica de la pandemia.

Para llegar fuertes de cuerpo y espíritu a esa batalla debemos cuidarnos. Sigamos trabajando, pero sobretodo, sigamos desde aceras, ventanas, balcones y terrazas rompiendo en aplausos para quienes trabajan en hospitales y centros de salud, para las fuerzas de tránsito y seguridad y para el gobierno, por estar en la primera línea de defensa. Ellos son los héroes que la historia recordará.

Esta crisis, como todas, también pasará. Resistamos para seguir viviendo y venzamos el desafío de encontrar paz en la tormenta.