404. Dionisio Gutiérrez: Un tirano de uniforme y bigote

Mayo 25, 2026
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404. Dionisio Gutiérrez: Un tirano de uniforme y bigote

Editorial del programa 404 de Razón de Estado


 

Los seres humanos vivimos una hora de bisagra, una de esas coyunturas en que la historia, fatigada de nuestras frivolidades, nos toma del cuello y nos obliga a mirar de frente. La economía no alcanza, la política no funciona, las diferencias culturales no se gobiernan con prudencia. Y en los suburbios oscuros del poder crecen estados criminales que no aspiran a convivir con el mundo libre occidental, sino a sustituirlo, humillarlo o destruirlo.

Y como si todo ello fuera poco, aparece en escena esa compleja maravilla que es la inteligencia artificial. Prodigio técnico y amenaza potencial al mismo tiempo. Jamás tuvimos tantas herramientas para comprender el mundo, y jamás pareció el hombre tampoco dispuesto a comprenderse a sí mismo. 

En la entrevista de hoy presento a George Piro, hasta hace poco, jefe de operaciones del FBI en el mundo. Tuvo a su cargo los interrogatorios de Saddam Hussein, quien no fue solo un tirano de uniforme y bigote. Fue una mentalidad, una forma de organizar el miedo, de manipular la historia, de convertir la nación en propiedad privada y la vida humana en moneda de cambio. Su figura pertenece al pasado, pero su enfermedad sigue entre nosotros. Cambian los nombres, los mapas y las banderas. Permanece, sin embargo, la vieja tentación de dominar al otro por la fuerza, por la propaganda, por el terror o por la mentira.

El mundo actual padece dos síntomas especialmente graves: la pérdida de realidad y la pérdida de autoridad moral. La primera consiste en no llamar a las cosas por su nombre. Se habla de tensiones donde hay agresiones; de actores no estatales, donde hay ejércitos terroristas; de modelos alternativos, donde hay tiranías; de sensibilidades culturales, donde a veces hay fanatismo organizado. La segunda consiste en que Occidente, cansado de sí mismo, duda de sus propios fundamentos y una civilización que no se atreve a defender lo que es empieza a dejar de serlo.

Por eso nos toca correr. No para huir, sino para aprender. Aprender a pensar más rápido sin pensar peor. Aprender a gobernar la tecnología sin estrangular la innovación. Aprender a defender la libertad sin convertirnos en aquello que combatimos. Aprender a convivir con la diferencia sin abdicar de la verdad. Aprender, en suma, a vivir en un mundo tan complejo antes de que, por ignorancia, cobardía o soberbia, terminemos destruyéndolo.

El destino no está escrito, pero tampoco espera. Y la historia, como buen juez, suele ser implacable con quienes tuvieron advertencias suficientes y, aún así, eligieron la ceguera.

 

 

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