386. Dionisio Gutiérrez: La democracia exige valores que el tirano no tiene

Enero 15, 2026
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386. Dionisio Gutiérrez: La democracia exige valores que el tirano no tiene

Editorial del programa 386 de Razón de Estado


La historia, que tiene memoria larga y castiga la terquedad, nos recuerda que es una locura pretender que los tiranos, manchados de sangre, habituados al mando sin ley y expertos en el arte de la opresión, sean los llamados a conducir la transición hacia la democracia. Es como pedir al lobo que presida el congreso de ovejas, o encomendar al pirómano la reconstrucción del pueblo que él mismo redujo a cenizas. Esto es lo que sucede en la Venezuela de Delcy, Cabello y Padrino. 

En la antigüedad, los déspotas prometían reformas cuando escuchaban el rumor de las legiones acercarse. En estos tiempos, los dictadores descubren su vocación democrática cuando el miedo les toca la espalda. Nunca es por virtud, siempre es por pánico. No se convierten, se disfrazan. No rectifican, calculan.

El tirano no negocia porque crea en la libertad, sino porque teme perder el pescuezo. No habla de transición porque entienda la democracia, sino porque presiente que una fuerza mayor, interna o externa, puede barrerlo como polvo viejo. Y así, fingiendo cordura, juega a ganar tiempo: tiempo para dividir a sus adversarios, para esperar que el enemigo se distraiga, que la amenaza se debilite. El tiempo, para el tirano, no es reloj, es arma.

Quien ha destruido las instituciones no puede reconstruirlas; quien ha vaciado la ley no puede invocarla con legitimidad; quien ha gobernado para el crimen no puede, de pronto, alzarse como árbitro del derecho.

La democracia no es un interruptor que se enciende por decreto del mismo que apagó la luz. Es un sistema de límites, y el tirano es, por definición, enemigo de todo límite.

La historia enseña que las transiciones gestionadas por los verdugos acaban en una nueva tiranía con otro nombre.

La democracia exige valores que el tirano no tiene. El tirano, aunque finja, no suelta. Promete elecciones que no piensa perder, reformas que no piensa cumplir. Habla de paz mientras reprime, habla de diálogo mientras afila el cuchillo.

Es absurdo, entonces, otorgar a la dictadura el papel de arquitecto del futuro que ella misma dinamitó.

Las transiciones verdaderas no las dirigen los tiranos, sino los ciudadanos. No nacen del cálculo del opresor, sino de la voluntad del pueblo. Requieren un corte limpio con el pasado. Las transiciones requieren ley donde hubo arbitrariedad, instituciones donde hubo feudos, condenas donde hubo crímenes.

Pretender lo contrario es ir en contra de la historia, la cual, paciente pero implacable, ha demostrado demasiadas veces que los pueblos que quieren ser libres deben estar dispuestos a todo para defender su libertad.

 

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