389. Dionisio Gutiérrez: The Arrogant Populist and His Heir

February 06, 2026
FacebookMessengerWhatsappTwitterShare
389. Dionisio Gutiérrez: El populista arrogante y su heredero

Editorial del programa 389 de Razón de Estado


Hay presidentes que se despiden dejando obras; otros, dejando excusas y heridas. Gustavo Petro está por salir del gobierno de Colombia, con más penas que glorias, dejando al Estado manchado de vergüenza, corrupción y populismo. Petro ejerció el poder con imposición ideológica como forma de gobierno. No fue un accidente: fue su proyecto.

Petro quiso avanzar con necedad la agenda de la izquierda radical. No lo logró, no por falta de intención, sino porque en Colombia sobreviven instituciones que, maltrechas pero firmes, pusieron límites.

Este presidente malo para todo normalizó la cercanía con dictaduras, la complicidad con regímenes criminales, la defensa abierta de narcoestados y grupos terroristas disfrazados de “causas políticas”. Petro no ocultó esas amistades, las justificó. No las explicó, las celebró. Esa es su naturaleza política.

Gustavo Petro eligió el bando contrario a la democracia, confundió ideología con realidad y terminó intentando forzar a Colombia a una narrativa que no le pertenece.

La sociedad colombiana evitó que el experimento degenerara en una dictadura abierta, pero el daño más grave es que su proyecto no termina con su salida. Como todo populista arrogante, busca heredero: alguien que continúe la deriva, que administre el relato, que proteja a los aliados y que mantenga abierto el camino hacia un modelo socialista, autoritario, corrupto y narcotraficante. No se trata de continuidad democrática, sino de sucesión ideológica. El poder entendido como botín que no se suelta.

El futuro de Colombia no depende de Petro ni de su candidato, sino de la capacidad de la sociedad para reaccionar. Depende de los ciudadanos que aún creen en la ley, de las élites, que deben asumir su responsabilidad cívica. Porque cuando callan, el populismo avanza y cuando negocian principios por estabilidad, terminan perdiendo ambas cosas.

Colombia merece democracia real, no plebiscitos manipulados; Estado de derecho, no justicia selectiva; libertad, no consignas. Merece recuperar la decencia en la política y la dignidad en las relaciones internacionales. Y merece hacerlo no solo por sí misma, sino por su importancia estratégica para el continente americano.

La historia enseña que los países no se pierden solo por culpa de malos gobernantes, sino por la resignación de los buenos ciudadanos.

La historia, que suele ser menos ideológica y más implacable, sobre Petro, ya quedó claro cuál será su veredicto.

 

 

FacebookMessengerWhatsappTwitterShare