384. Dionisio Gutiérrez: Nuevo año: ánimo alto, juicio claro y corazón dispuesto

Enero 05, 2026
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384. Dionisio Gutiérrez: Nuevo año: ánimo alto, juicio claro y corazón dispuesto.

Editorial del programa 384 de Razón de Estado


En los primeros días de cada año, los humanos sentimos la necesidad de hacer balance, mirar lo vivido, medir lo aprendido y preguntarnos qué queremos para el futuro. En ese ejercicio íntimo, que tiene algo de confesión y algo de esperanza, conviene recordar que la felicidad, esa palabra tan perseguida como mal entendida, no es un milagro ni un privilegio, sino una ecuación humana y compleja y por eso imperfecta.

La ecuación de la felicidad razonable se compone, ante todo, de la responsabilidad que viene de la capacidad de hacernos cargo de nuestra propia vida, sin culpar al destino o a los demás. Un hombre responsable no siempre triunfa, pero siempre se encuentra consigo mismo. 

A esto se suma la energía vital, ese impulso que nos levanta cada mañana con ánimo de intentarlo otra vez. Vivir requiere coraje, pues la existencia no es un camino recto, sino una travesía de dudas y desafíos. La energía vital es la chispa que nos recuerda que siempre hay horizontes por alcanzar y batallas que merecen ser libradas. 

A la responsabilidad y a las ganas de vivir le siguen la confianza en los valores que no se compran ni se negocian, pero orientan la brújula interior cuando el mundo exterior se vuelve confuso. 

A esta ecuación le sigue la empatía. La felicidad razonable implica reconocerse en el otro y aliviar sus cargas cuando se pueda. La solidaridad no es un lujo sentimental. Es la columna social que evita que la vida común se derrumbe en egoísmo y violencia. Toca ahora el deseo de superación, esa voluntad de elevarnos un poco más de lo que somos, no para competir con el mundo, sino para honrar nuestras capacidades.

El hombre que no aspira a nada está medio muerto. El que aspira sin virtud se destruye a sí mismo. Por eso la ecuación de la felicidad razonable exige la práctica de las virtudes eternas: honradez, honestidad, decencia, honor. Virtudes que parecen antiguas, pero que siguen siendo la arquitectura moral de una vida justa y de sociedades dignas. Sin ellas, el éxito es soberbia, el poder abuso, la libertad, capricho.

Y finalmente está la suerte. Esa misteriosa compañera que, aunque no decide todo, nunca deja de influir. La felicidad razonable acepta que no controlamos cada resultado, pero sí la disposición con que enfrentamos lo inesperado. La suerte favorece a los preparados, pero también a los pacientes y a los agradecidos. Que este año nos encuentre con el ánimo alto, el juicio claro y el corazón dispuesto. Porque la felicidad, cuando llega, siempre prefiere a los que se han preparado para merecerla.

 

 

 

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