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Editorial del programa 401 de Razón de Estado
En este siglo que se precia de luces y progresos, hay aún quienes gobiernan como si el tiempo se hubiese detenido en la más sombría de las edades. En nuestro continente, tres dictaduras —La Habana, Managua y Caracas— donde tiranos de rostro moderno, pero alma medieval, usurpan el poder no para servir, sino para devorar.
Son señores de la mentira y del garrote, encumbrados en palacios que edificaron sobre cadáveres y sobre el llanto de madres que aún buscan a sus hijos desaparecidos. Son jefes de banda, capos con credencial, narco-tiranos que trasiegan veneno por las venas del continente mientras firman decretos y posan para retratos oficiales. Son gigantes del crimen y la corrupción y hay que combatirlos.
Cuba, Nicaragua y Venezuela son Estados capturados por organizaciones criminales. Sus pueblos no son de ciudadanos sino de rehenes. Esos pueblos saben del costo de haber renunciado al ejercicio activo de su ciudadanía. Por eso, la democracia no es un regalo que los pueblos reciben. Es una conquista que los pueblos protagonizan. No es un sistema que se sostiene solo por el peso de sus instituciones escritas, sino por la voluntad cotidiana de millones de ciudadanos que deciden, cada día, ser algo más que súbditos.
Votar con conciencia, exigir rendición de cuentas, defender la independencia judicial, proteger la libertad de prensa, salir a la plaza cuando la plaza es necesaria son las obligaciones ordinarias de quienes quieren vivir en libertad.
El Estado de derecho, esa arquitectura civilizatoria donde nadie, ni el más poderoso, está por encima de la ley, no se construye en un día ni se sostiene sin vigilancia. Requiere instituciones fuertes, pero antes requiere ciudadanos que las demanden, las defiendan y, cuando hace falta, las refunden. Requiere una sociedad que no confunda el orden con la sumisión, ni la estabilidad con el silencio impuesto.
El tirano prospera donde el ciudadano se fatiga, pero el tirano cae donde el ciudadano persiste.
El camino hacia la república libre no lo abre ningún caudillo salvador sino el pueblo organizado, consciente, paciente y resuelto a no entregar su dignidad a cambio de promesas.
La libertad, en suma, no se mendiga. Se construye. Y esa construcción comienza, siempre, en el ciudadano que decide despertar.