Editorial del programa 415 de Razón de Estado
Una noche, en una ciudad cualquiera del mundo, un joven llamado Martín cerró la pantalla de su computadora y se quedó mirando la ventana. Afuera llovía. Dentro, el mundo parecía arder.
Había visto imágenes de Ucrania, ciudades convertidas en polvo por la ambición de un hombre que confundió la historia con su propiedad. Había leído sobre el interminable laberinto del Medio Oriente, donde cada tregua parece apenas el descanso de una tragedia que se prepara para volver. Había escuchado discursos de líderes intoxicados de poder, hombres con mapas antiguos en la cabeza y ejércitos modernos en las manos. Y, como tantos jóvenes, Martín no sabía si estaba entrando en la vida o en una tormenta.
Tenía estudios, talento y energía, pero no certezas. La vivienda era cara, el trabajo frágil y la tecnología prometía reemplazarlo antes de darle una oportunidad. Veía a los políticos ofrecer soluciones que duraban exactamente lo mismo que una campaña electoral.
Aquella noche, Martín bajó a la calle. Caminó sin rumbo hasta encontrar una pequeña panadería todavía abierta. Detrás del mostrador había una mujer mayor amasando pan, con las manos cubiertas de harina.
Parece que todo va mal —dijo él.
Todo no, respondió la señora. Muchas cosas van mal. No es lo mismo.
¿Y cuál es la diferencia? —dijo Martín.
Ella señaló la masa y respondió: cuando muchas cosas están mal, uno empieza por la que tiene delante.
Martín se quedó observando. La panadera no podía detener guerras ni corregir economías, pero abría cada madrugada, daba empleo a dos personas, fiaba pan a un vecino sin trabajo y enseñaba el oficio a una muchacha inmigrante. Su resistencia no tenía banderas. Consistía en no permitir que el desorden del mundo entrara en su pequeño territorio.
Ahí estaba la esperanza, como disciplina. Esperar no era imaginar que los tiranos se volverían prudentes, que las élites abandonarían de pronto su miopía o que los mercados repartirían automáticamente oportunidades. Esperar era negarse a concederle al miedo la última palabra.
La historia humana nunca avanzó en línea recta. Dio pasos luminosos y retrocesos brutales. Produjo libertades después de tiranías, reconstruyó ciudades sobre ruinas y convirtió antiguas condenas en derechos. Nada de eso ocurrió porque el mundo fuera bondadoso, sino porque millones de personas, muchas veces anónimas, se negaron a aceptar que la barbarie era inevitable.
Al salir de la panadería, seguía lloviendo. Martín llevaba un pan caliente bajo el brazo. Ucrania seguía invadida, el Medio Oriente seguía sangrando y el porvenir continuaba incierto. Pero algo había cambiado. Comprendió que su generación no estaba condenada a heredar el miedo; también podía heredar la responsabilidad.
El mundo vive una hora difícil. Sería necio negarlo, pero más necio aún sería olvidar que cada época oscura ha intentado convencer al ser humano de que la luz ya no volverá. Y, sin embargo, siempre vuelve. En una panadería, en una conciencia despierta, en una decisión humilde y firme de no rendirse.