Editorial del programa 422 de Razón de Estado
Hay gobiernos que inauguran carreteras, cortan cintas y celebran obras que caben en una
fotografía. La educación, en cambio, no suele prestarse al espectáculo. Exige paciencia, rigor y una visión que vaya mucho más allá del siguiente período electoral. Tal vez por eso tantos gobiernos la abandonan. Formar a un joven toma años; engañarlo con propaganda toma minutos.
Una nación puede sobrevivir a una mala cosecha, a una recesión o incluso a un mal gobierno. Lo que difícilmente puede sobrevivir es a generaciones enteras mal educadas. Cuando un país deja de enseñar a pensar, a leer con profundidad, a razonar, a distinguir entre verdad y opinión, a trabajar con disciplina y a exigir calidad, empieza a hipotecar su libertad.
La ignorancia produce fantasmas y mediocridad satisfecha. Educar no consiste únicamente en
llenar cabezas de información, sino en formar carácter, criterio y responsabilidad.
Demasiados sistemas educativos han sido secuestrados por intereses que poco tienen que ver con los alumnos. Sindicatos que nacieron para proteger derechos legítimos terminaron, en demasiados lugares, defendiendo privilegios, impidiendo evaluaciones y convirtiendo la educación en territorio de negociación política.
Los gobiernos lo permiten porque enfrentarse a esas estructuras cuesta votos, huelgas y desgaste político. Así, el estudiante termina pagando el precio de una cobardía que no eligió.
Las élites tampoco pueden declararse inocentes. Con demasiada frecuencia tratan la educación
como asunto ajeno, como responsabilidad exclusiva del ministerio de turno. Es un error
monumental. No habrá economía moderna, instituciones sólidas ni democracia estable si quienes llegan a la vida adulta no tienen las herramientas intelectuales y morales para sostenerlas. Pero no todo depende del sistema. La educación requiere voluntad. El maestro puede abrir la puerta, pero el alumno tiene que cruzarla. No existe tecnología, programa público ni presupuesto capaz de sustituir la disciplina de leer, estudiar, equivocarse y volver a intentar.
Aprender exige esfuerzo. Y el esfuerzo, aunque parezca palabra antigua, sigue siendo una de las virtudes más modernas.
Por eso, el desafío educativo no es solo ofrecer mejores escuelas. Es recuperar una cultura que
valore el conocimiento, que admire al buen maestro, que premie al estudiante aplicado y que vuelva a enseñar que la libertad también se conquista con preparación.
Una nación que abandona a sus jóvenes se abandona a sí misma.
Gobiernos, élites, maestros, padres y estudiantes deben entender que la educación no es un sector más del presupuesto. Es el lugar donde se fabrica el futuro. Y si ese futuro se fabrica mal, ninguna riqueza, ningún discurso y ninguna promesa política podrá rescatarlo.