Países fallidos, fracasados o frustrados

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Dionisio Gutiérrez hace un balance sobre las causas y razones por las que los países no logran un desarrollo político.

Cuáles son las causas que mantienen a un país con una institucionalidad democrática rancia y secuestrada por intereses sectarios o espurios.

Más allá de las etiquetas o los estándares con los que ciertas entidades o grupos de la “comunidad internacional” califican países y les juzgan y condenan, más allá de la diplomacia o la “política correcta”, y más allá de la hipocresía selectiva con que muchas veces se “relacionan” los países, hay sin duda una serie de datos y referentes que indican con bastante claridad la tendencia y el rumbo de las naciones.

¿Cuánto ha crecido su economía en los últimos 20 años? ¿Cuánto ha bajado su índice de pobreza?

¿Cuánto se han fortalecido sus sistemas de seguridad y justicia? ¿Cuál es el estado de salud anímica de la sociedad?

Después de restar el crecimiento de la población, los países que han tenido un crecimiento neto pro- medio por debajo de 2% en los últimos 25 años están en serios problemas. De estos, hay varios en nuestro continente. Vemos países que crecen uno o dos años por arriba del 5%, pero no logran sostener el crecimiento. La mayor parte del tiempo lo pasan entre conflictos sociales y políticos, y procesos electorales disfuncionales.

¿Cómo es posible que no funcionen ciertos países donde hay eficientes empresarios, ágiles periodistas, agudos intelectuales, una inquieta y dinámica sociedad civil y una juventud con ganas de participar? ¿Por qué pasan los años y cambian los gobiernos –cuando tienen “suerte”– y simplemente no se logran la tracción, el dinamismo y la consistencia para crecer, crear empleo, resolver los problemas socia- les y fortalecer la democracia?

América Latina tiene países que van bien y otros que no. Países con niveles de +- 50% de pobreza, con altos niveles de corrupción, impunidad, desempleo, violencia y desigualdad mantienen un grado peligroso de inestabilidad política y son campo fértil para cualquier proyecto político exótico y antidemocrático. Y el pronóstico es peor cuando no se está haciendo.

nada extraordinario y substancial para cambiar el curso de la historia. Si su país sale “positivo” a estas disfunciones, infortunios y desmanes, es muy posible que viva en un país fallido. O sea, un país sin futuro. Claro, si las cosas no cambian. Entonces, la pregunta es: ¿qué están haciendo en su país, más allá de la “buenas ideas”, las buenas intenciones, o incluso algunos nobles esfuerzos pero que, por su dispersión, descoordinación y falta de consistencia no pasarán de zopilote a gavilán?

Tener un “buen gobierno”, porque así lo considera el grupo dominante del momento, después de dos malos, porque realmente lo fueron, complica más las cosas porque acomoda y crea falsas expectativas. Esos “buenos gobiernos”, que a veces se tienen, se consideran “buenos” porque, aunque hagan poco, dejan respirar y al menos no siguen deteriorando el estado de cosas. Pero en estos tiempos, respirar no es suficiente.

Los países con grandes problemas necesitan grandes soluciones. Necesitan una transformación que exige una enorme dosis de compromiso y otra de sacrificio por parte de la sociedad y, en especial, de la juventud. Las elites ya han demostrado que no dan para mucho.

El problema más grave de los países fallidos es la pérdida de generaciones completas de seres humanos entre la pobreza y la falta de oportunidades. Los países que quieran lograr la hazaña de tocar la puerta del desarrollo necesitan una seguidilla de cinco gobiernos efectivos, capaces y dispuestos a dar continuidad a un proyecto de Estado, a una visión de país y a un sueño compartido de nación.

Toma 20 años de trabajo y sacrificio subir el nivel de vida de una sociedad al punto que genere suficiente estabilidad política para que también suba el nivel de discusión de la cosa pública, y se empiece, no a exigir más, sino mejor. Así se desarrolla un país.///

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