216. Dionisio Gutiérrez: Republiquetas gobernadas por pistoleros

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213. Dionisio Gutiérrez: Columpios, políticos y la primaria

Editorial del programa Razón de Estado número 216


 

Dicen los expertos que las revoluciones de los pueblos son un fenómeno eminentemente moderno; bueno, del Siglo XVI para acá. Ya saben ustedes cómo son los filósofos.  

Una revolución es un cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una nación.

En la mayoría de los casos registrados por la historia, las revoluciones terminaron devorando a quienes las gestaron.

Hubo rumores de que Cuba asesinó al Che Guevara. Se sabe de las traiciones a los fundadores del Sandinismo y de los crímenes de lesa humanidad del chavismo contra su propia gente.

En la América Latina de nuestro tiempo, las revoluciones más conocidas son la cubana, la sandinista y el Socialismo del Siglo XXI. Las tres tienen el mismo origen totalitario, aunque fueron cambiando la máscara y la excusa según el momento y las circunstancias. Las tres han causado pobreza, muerte y desolación en casi una docena de países. Las tres han significado pérdida de libertades.

Es cierto que estas tres revoluciones contemporáneas votaron dos dictaduras conservadoras que eran eso, dictaduras, con todos sus ingredientes, y un sistema que había llegado a niveles de cinismo y corrupción sin límite alguno. El problema es que aquellos países salieron de un drama para caer en otro peor.   

Estas tragedias para la humanidad han ocurrido cuando la política no es capaz de aliviar ni resolver los problemas sociales y económicos, cuando la política se vuelve enemiga de la democracia republicana y la erosiona; estas tragedias suceden cuando la política llega a ser motivo de desesperanza, cuando los pueblos ven perdido su futuro. Es ahí cuando las revoluciones son una opción, aunque sean un fracaso.

Con el paso de los años, las revoluciones en América Latina la llevaron a llenarse de Republiquetas gobernadas por pistoleros, que usan máscaras de izquierda o de derecha, pero, que de una o de otra manera, someten a los pueblos y los mantienen atrapados en su condición de ciudadanos pasivos de países pobres y subdesarrollados.

Hay un referente de que el mundo también ha conocido revoluciones liberales que fueron el inicio de la construcción de grandes naciones. El caso moderno mejor conocido es la Revolución americana en 1776, de donde nació la nación más poderosa del planeta. Por supuesto, esta fue una excepción.

Hemos caído en la trampa ideológica que nos encierra en las etiquetas de la izquierda o la derecha, cuando lo que el mundo necesita, es políticos de derecho, que respetan de forma ejemplar la ley, la dignidad del ser humano, y, por, sobre todo, su libertad individual.

Con estas condiciones, se puede ser del centro izquierda al centro derecha y hasta un poco más, pero dentro del marco de repúblicas democráticas liberales que viven en Estado de Derecho. Y que sean los pueblos, en elecciones libres, respetando la norma democrática y la alternancia en el poder, los que eligen a sus gobernantes en cada proceso electoral. 

Más allá de partir de un movimiento cívico, social, político o de una revolución, los habitantes de los países pobres y subdesarrollados que quieran algún día ser ciudadanos del mundo libre y desarrollado deben aprender y comprender que no hay democracia sin libertad, no hay justicia sin libertad, no hay desarrollo económico sin libertad. Deben saber que, sin desarrollo económico, la democracia dura poco; y que si no es el ciudadano quien protege, defiende y promueve la libertad, el poder de turno siempre se la querrá quitar.  

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