Editorial del programa 406 de Razón de Estado
La corrupción empobrece a una nación más que una recesión, una sequía o una guerra comercial. Y cuando el autoritarismo, la corrupción y la incompetencia se sientan en el poder, no solo se vacían las arcas públicas, se vacía también la confianza de la gente y se destruye la moral cívica.
Al otro lado del Atlántico, en la tierra del vino y del flamenco, los españoles sufren lo que con trágica normalidad vivimos en América Latina. Mafias sin escrúpulos y sin vergüenza en el poder. Cínicos y arbitrarios.
La corrupción roba más que dinero. Roba la fe en la política.
El gobernante impune, el exgobernante ladrón y el funcionario bandido dejan claro que el poder no sirve para servir, sino para servirse.
Duele ver que en un país tan querido la política se haya convertido en un lodazal donde los sinvergüenzas hablan de justicia, los mediocres hablan de transformación y los autócratas hablan de pueblo, cuando lo que defienden es el privilegio, el blindaje y el reparto del abuso.
Zapatero pasará a la historia como uno de los criminales más despreciables, deshonestos y desalmados del siglo XXI. América Latina tiene mucho que cobrarle, pero su corrupción con dictaduras sanguinarias, sus traiciones a presos políticos y su lucro con el hambre del pueblo venezolano lo pintan como lo que es, basura para el desagüe.
La corrupción sostenida es una forma de dictadura, aunque se disfrace de legalidad, de ideología o de sensibilidad social. El corrupto, además de robar, necesita impunidad; y para obtenerla, presiona jueces, coloniza instituciones, reparte favores, compra lealtades y convierte el Estado en una red clientelar donde cada silencio tiene precio y cada complicidad recibe premio.
El mal gobernante no solo administra mal, obliga a los ciudadanos a vivir peor. Hace más cara la vida, más incierto el mañana, más frágil el empleo, más vulnerable la seguridad y más lenta la justicia. Donde debería haber orden, instala ruido. Donde debería haber certeza, instala arbitrariedad. Donde debería haber autoridad legítima, instala propaganda
Esto es lo que han hecho con la Madre Patria. Nepotismo, impunidad partidista, uso obsceno del aparato público, desprecio por la verdad, colonización de la administración y un populismo de subvención y consigna que trata a los ciudadanos como idiotas a los que se puede comprar la conciencia con prebendas.
La pregunta que deben hacerse al otro lado del Atlántico ya no es si la crisis existe. La pregunta es cuánto más puede aguantar España sin devolver la palabra a los ciudadanos.